jueves, 10 de septiembre de 2026

Apuntes Urbanos con IA

El árbol genealógico de la democracia venezolana

Por: Luis Eduardo Llanos Cabeza (Autor y prosumidor cultural)

Cuando era niño y luego durante mi adolescencia, escuchaba con frecuencia que el «Padre de la Democracia» en Venezuela era Rómulo Betancourt. Pero ¿qué tan cierta es esa afirmación? Para responder, vale la pena hacer un recorrido por nuestra historia y examinar los primeros pasos —los pininos— que dieron varios personajes para intentar establecer el sistema democrático en el país. Uno de ellos, les aseguro, les va a sorprender.

Comencemos con José Antonio Páez. El Centauro Esclarecido🤣😅 demostró con hechos lo que consideraba mejor para el orden político venezolano postindependencia. Su aporte más importante fue sentar las bases de la alternancia en el poder y la primacía de la figura civil para regir el Ejecutivo. Al establecer un período presidencial de cuatro años, impulsó la llegada a la presidencia del doctor José María Vargas —quien significa para Venezuela lo que Andrés Bello para Chile—con sus bemoles por supuesto. Lo que complicó el asunto era que Vargas no quería ser presidente. ¡Un detallazo!

Aunque luego todo se complicó y devino en crisis, ese momento histórico sembró en el venezolano un profundo rechazo hacia la reelección indefinida; un prurito que, por razones obvias, hoy volvemos a padecer. El gobierno de Páez pudo ser bueno, malo o deficiente, pero cumplió su papel. Cabe destacar que el positivista publicista de la dictadura de Juan Vicente Gómez; Laureano Vallenilla Lanz, en su libro Cesarismo Democrático establecía una contrariedad con Páez con respecto a la alternancia democrática, LVL pensaba que Páez debía ser un caudillo - presidente vitalicio según los preceptos de la Constitución boliviana redactada por Simón Bolívar (Rómulo Betancourt llamaba despectivamente al doctor Vallenilla Lanz el «Maquiavelo de papel tualé») LVL en su libro Cesarismo...también lo elogiaba (a Páez) por otras acciones y virtudes personales que moldearon el rumbo nacional.

La construcción institucional continuó con otros nombres. Juan Crisóstomo Falcón y su Derecho de Gentes —cuya lectura sugiero— marcaron el inicio del respeto a los derechos humanos en el país. Asimismo, José Gregorio Monagas firmó la abolición de la esclavitud. Es verdad que todas estas iniciativas nacieron con serios condicionamientos, fallas y deficiencias, pero nos ayudaron a llegar a lo que somos. A pesar de nuestras crisis actuales, bastaría con mirar las realidades de algunos países en África o Asia para comprender lo afortunados que somos en ciertos aspectos. Incluso proyectos accidentados, como la educación gratuita y obligatoria de Antonio Guzmán Blanco —que en su momento parecía pura demagogia del Déspota Ilustrado porque el país carecía de la logística y el nivel intelectual para aplicarla—, dejaron una semilla.

Ahora, entremos en materia compleja. Un historiador venezolano advertía que se debía tener cuidado con el anecdotario de Juan Vicente Gómez, ya que sus relatos urbanos y lugares comunes podían suavizar el perfil de un dictador tan severo. Manuel Caballero rescataba una de esas leyendas: se decía que en el Palacio de Miraflores había una alfombra que, en lugar de dar la bienvenida, advertía de forma implícita: «Aquí habita el presidente; el que manda está en Maracay». ¿Verdad o mito? Quién sabe dónde habrá parado esa alfombra.

Lo verdaderamente disruptivo surge de una entrevista que el doctor Arturo Uslar Pietri le concedió al periodista Napoleón Bravo. En ella, Uslar afirmó que Juan Vicente Gómez era el auténtico padre de la democracia venezolana. La audiencia quedó estupefacta. Sin embargo, el viejo intelectual —quien conoció de cerca al Benemérito porque vivió su infancia en Maracay y era cercano a los hijos del Benemérito, sobre todo a Florencio— justificó su argumento con astucia.

Gómez, al sentir la cercanía de la muerte, planificó su sucesión y habilitó a su mejor cuadro militar: Eleazar López Contreras, a quien colocó en el Ministerio de Guerra y Marina. En la lógica del poder gomecista, quien ocupaba ese cargo era el sucesor natural. López Contreras gobernó cinco años, y su propio ministro y sucesor fue Isaías Medina Angarita. Lejos de ser militares rústicos o parientes beneficiados por el crudo nepotismo de la época, ambos resultaron ser líderes extraordinarios que garantizaron una transición gradual hacia la apertura política. Ese era el punto de Uslar Pietri.

López Contreras bajó el periodo presidencial de siete a cinco años y se quitó el uniforme militar para darle majestad civil a la presidencia, además hablaba por radio y visitaba diferentes poblaciones del país.

El 18 de octubre de 1945 un golpe de estado acaba con la transición post gomecista; El Gradualismo y se montan en el coroto los adecos con Rómulo Betancourt a la cabeza y los militares con Delgado Chalbaud, acompañado por Pérez Jiménez por el otro.

Por supuesto, Rómulo Betancourt consolidó la democracia civil y duradera en el siglo XX: extinguió el culto a la personalidad, garantizó la alternancia, civilizó la investidura presidencial y mediante el Pacto de Puntofijo, sentó a los actores políticos clave en la misma mesa. Además, demostró un desprendimiento inédito para la época: cuando su partido (AD) perdió las elecciones en 1968 y 1978, entregó el poder a la oposición; un procedimiento extraño tanto en la Venezuela de ayer como en la de hoy.

El propio Betancourt validó el proceso de maduración de sus antiguos adversarios. Tras el derrocamiento de Pérez Jiménez, ofreció un célebre discurso en el que recordó que, durante su exilio en Nueva York, conversó con Jóvito Villalba, Rafael Caldera y el propio López Contreras, coincidiendo todos en la necesidad de democratizar el país. En ese mismo texto, lamentó la muerte prematura de Medina Angarita, asegurando que, de haber vivido, los cinco habrían sido los grandes paladines de la democracia.

Este reconocimiento histórico a los dos sucesores del gomecismo demuestra que la democracia no fue obra de un solo hombre, sino el resultado de un proceso gradual de reformas y de la capacidad de líderes como Betancourt para rectificar y metamorfosearse. El revolucionario impulsivo de octubre de 1945 no era el mismo estadista maduro de 1958.

Nota final;

El fragmento del discurso de Rómulo Betancourt (9 de febrero de 1958)

El discurso se titula «Reencuentro con el pueblo» y fue pronunciado en el Nuevo Circo de Caracas apenas unos días después de regresar de sus 10 años de exilio, tras la caída de Marcos Pérez Jiménez. 

«En mi ruta de desterrado sintónico con la patria, yo conversé horas y horas en Nueva York con Eleazar López Contreras, con Jóvito Villalba, con Rafael Caldera. Y con todos ellos coincidí en que la primera necesidad nacional era la de estructurar un frente unido...»

Y con respecto a Medina Angarita, añade de forma explícita el lamento por su muerte prematura (ocurrida en Nueva York en 1953):

«Tengo la convicción de que si la muerte no hubiera segado prematuramente la vida de Isaías Medina Angarita, habríamos conversado también con él, porque sobre las discrepancias del pasado, ya superadas por la historia, estaba el interés supremo de la nación».

Ésto es un reconocimiento tácito de la importancia (en cuanto a personalidad) que Juan Vicente Gómez le dió a sus sucesores y reafirma la madurez política de Rómulo Betancourt.

Rómulo Betancourt y Eleazar López Contreras 
Imagen tomada de Prodavinci 

Rafael Caldera, Rómulo Betancourt y Eleazar López Contreras 


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