Luis Eduardo Llanos Cabeza
Escolios y Apuntes...¿Es lo mismo?...🤣🤣
viernes, 12 de junio de 2026
Apuntes Urbanos
jueves, 11 de junio de 2026
Apuntes Urbanos
El Pabellón de Ferias o Dancing del zoológico Las Delicias [#Maracay] derribado en 1982 por el gobierno Casanova Godoy.
¿Había necesidad de tumbarlo? En la imagen se vé que es una estructura muy bien hecha y bonita.
Siempre queriendo borrar la memoria histórica, pero la memoria histórica es terca y siempre reaparece.
También echaron abajo unos baños o balneario de piscinas que en realidad ameritaban -a mi criterio- derribarlos porque bien feos eran.
La casa del dictador Juan Vicente Gómez, el bagre Benemérito, que estaba donde está la cuchilla donde está un centro educativo, también fue derribada.
La quinta El Mirador o 23 de mayo (ahí falleció el dictador), a veces se entiende el por qué la derribaron. Se trataba de una casa de madera diseñada por el arquitecto Epifanio Balza y con los años iba a ser difícil de mantener por éste clima húmedo. Pero también para borrar la memoria histórica, reitero.
La cuestión era que todo aquello formaba uno de los conjuntos de la ciudad corte; Zoológico, la primera casa donde vive el dictador al llegar a Maracay (aún existe), la casa de los arcos, el Dancing o pabellón, los baños-piscina horribles y la casa El Mirador. Hasta ahí llegaban los "inversionistas", buscadores, trepadores y felicitadores de oficio, para hablar con el bagre Benemérito. Dicen que hasta Rockefeller se llegó hasta el sitio.
Por ahí también se escapaba al mar de Choroní - Puerto Colombia. Cuando se es dictador también hay que saber por dónde hay que volarse.
miércoles, 10 de junio de 2026
Artículo de prensa sobre Rómulo Gallegos
Rómulo Gallegos
y el Premio Nobel
Enriqueta Arvelo Larriva
Cuando tratamos de conseguir algo que no deja duda respecto a que constituye un hecho justo, no puede la falta de éxito en las primeras gestiones matarnos el impulso. Si estamos convencidos del acierto y justicia que entraña el caso, es natural seguir actuando en tal sentido hasta ver realizado el propósito. Y como estamos plenamente convencidos todos los que aspiramos al Premio Nobel para Rómulo Gallegos de que se trata de algo justísimo, no nos causa pesadez alguna sino, por el contrario, nos resulta labor fácil y grata insistir en llevar su nombre y su obra ante la Academia Sueca para que, en la próxima ocasión de adjudicar el interesante premio, se torne presente tan resaltante y sostenida candidatura.
Pienso que esta vez no tenemos necesidad de hacer el repaso de las condiciones excepcionales del escritor y del hombre que ha sido presentado por vastos sectores de América como auténtico merecedor del Premio Nobel. Es imposible que esas condiciones sean ignoradas hoy en el espacio universal de la cultura, pero es posible que ellas no se valoren equitativamente habiendo sido señaladas, no solo por los que tributamos al maestro una admiración únicamente emotiva por falta de dominio de una abarcadora y profunda pericia, sino por las conscientes entidades ampliamente autorizadas para hacer tal señalamiento.
Por tanto, va la labor simplificada. Ya solo tenemos que llevar nuestra insistencia, respetuosa y esperanzada, ante los que han de dar esta vez el fallo que colme nuestra justa aspiración de que el galardón máximo luzca sobre los múltiples galardones ya obtenidos por el insigne escritor, hombre de alta y recta conducta.
Aún más, a la presentación anterior hecha con la finalidad tan digna de aprobación y aplauso hay que añadir en esta oportunidad las últimas demostraciones del ilustre presentado. Porque hay que tener en cuenta la excelente actuación que, después de finalizado el ostracismo en el que vivió tan dignamente, es gala del cotidiano y preocupado quehacer de Rómulo Gallegos.
Desaparecido el régimen que lo mantuvo sin ver a su país y sin que se pudiese exaltar su nombre en su tierra de origen con toda libertad y entusiasta comento, el maestro ha podido —y tenía derecho a ello— volver a Venezuela a buscar compensaciones de todo orden y alzar orgulloso su airoso penacho de triunfo frente al conglomerado encendido de admiración y afecto. Pero este magnífico ejemplar humano insinúa su presencia en su suelo con la más inequívoca modestia; como si él hubiese sido uno cualquiera de los millares de exiliados; como si no llevase en sí la tremenda riqueza de su preciada significación; y, sin pesar ni remordimiento en ser director «legalizado» de nuestra vida nacional, se constituye en centinela moral de nuestro devenir ciudadano y no pierde ocasión de dar a su pueblo —sin el menor empacho— la oportuna lección de civismo y cultura que emana de él no como un enrevesado torrente, sino como un hilo fresco y bien llegado de clarísima agua.
Repasando la conducta de Gallegos después de su retorno al país, encuentro en ella sencillez casi campesina, gallarda valentía, limpio renunciamiento, nacida sabiduría pasada por crisol, acendrado amor patriótico y absoluta falta de complejo de resentido.
Ya saben, pues, en Estocolmo, que nuestro candidato al Premio Nobel, lejos de dejar decaer sus atributos, está hoy realzado por nuevas y brillantes actuaciones, cultas y humanas, nobles rasgos de su singular naturaleza.
El Nacional, 31 de enero de 1960.
lunes, 8 de junio de 2026
Artículo de Plinio Apuleyo Mendoza
Nuestros intelectuales y el mito revolucionario
Plinio Apuleyo Mendoza
Por haber sido un hombre de izquierda hasta los 40 años y haber compartido con muchos amigos convicciones, esperanzas y fervores relacionados con el socialismo y con experiencias tales como la revolución cubana, creo estar bien situado para buscar una respuesta a las siguientes preguntas: ¿por qué la gran mayoría de los intelectuales latinoamericanos hicieron suya sin reservas en el siglo XX la causa del marxismo y de sus derivaciones tercermundistas? ¿Por qué han asumido como posición de avanzada los dogmas de dicho pensamiento? ¿ Por qué, de esa manera, han contribuido a errar el rumbo de todo un continente, exaltando mitos y aventuras revolucionarias, en vez de poner su conciencia crítica al servicio de opciones que le permitan acceder a las ventajas o beneficios del desarrollo, derrotar a la pobreza y consolidar la democracia?
Intentaré dar las explicaciones que considero más relevantes a estos desvaríos recurrentes de la intelligentsia latinoamericana. Pero antes no sobra una advertencia: los intelectuales de otras latitudes no han estado mejor encaminados. Analistas e historiadores que han intentado seguir su trayectoria a lo largo del siglo XX se sorprenden de su ceguera y de su precipitación. En un libro titulado The fellow-travelers, el historiador David Caute, profesor en las universidades de Oxford, Nueva York y Columbia, ha hecho un abrumador inventario de todas las tonterías que notables escritores dijeron o escribieron a propósito del régimen soviético, sin duda de muy buena fe, en los años treinta, que fueron por cierto los más terribles del estalinismo. "Mañana dejo esta tierra de esperanza", decía, por ejemplo, Bernard Shaw, "para regresar a nuestros países occidentales de desesperanza". A su turno, los novelistas norteamericanos Theodoro Dreisser y Upton Sinclair alababan al régimen soviético por la ausencia de ladrones y de corrupción en la URSS, en tanto que Waldo Frank percibía allí "una gran energía potencial" y su colega Edmund Wilson situaba aquel país en "la cumbre moral del mundo". Parecidos elogios a aquel régimen totalitario, responsable de deportaciones masivas, gulags , colectivización forzada de tierras, harían los franceses Anatole France, Romain Rolland y los Joliots Curie, así como notables autores británicos y alemanes. Ninguno de ellos perdonó a André Gide que hubiese publicado su Regreso de la URSS. Después de la segunda guerra mundial, Jean-Paul Sartre, para quien el compromiso fue una elección y una ética, defendió también al régimen soviético e hizo suyas las causas de China, Cuba, Argelia, Vietnam basado en dos concepciones igualmente equivocadas: que el capitalismo era el mayor de los males del universo y que el socialismo era su necesaria réplica histórica. Gide, en un momento de su vida, creyó lo mismo pero acabó dándose cuenta a tiempo de la realidad del régimen soviético. "Tengo que decir la verdad", dijo, y ello, según lo registra Octavio Paz, le costó "largos y agonizantes debates interiores". Sartre no hizo esta apostasía. Apenas vio petrificarse en una casta burocrática el socialismo a la soviética, optó por apoyar otros desvaríos: el maoísmo y el tercermundismo más agreste. "Me produjo fiebre", recuerda hoy el escritor y periodista francés Jean Daniel, a propósito del prólogo escrito por Sartre al libro Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, "leer aquello de que un colonizado no podía encontrar su salvación sino en el asesinato de un colono y un negro, en el de un blanco".
Me apresuro a decir que no era el suyo un caso de deshonestidad. Sartre fue un hombre profundamente honesto. También lo era Julio Cortázar, a quien conocí de cerca: cándido y honesto. Simplemente el francés y el argentino, como muchos europeos y muchos intelectuales latinoamericanos, fueron seducidos por una utopía intelectual que parecía condenar a una muerte cierta a la democracia liberal y la economía de mercado y pintaba con trazos luminosos el camino hacia una sociedad sin clases. No veían ellos, pues, la realidad deplorable de un sistema, sino su exaltación ideológica.
Los intelectuales que tuvieron o han tenido la lucidez de anteponer a esta clase de enajenaciones los valores de la libertad y del individuo, como Albert Camus, Raymond Aron, Jean-François Revel y, en el continente latinoamericano, Octavio Paz o Mario Vargas Llosa, han sido a menudo descalificados en los ámbitos académicos y universitarios como exponentes de un pensamiento de derecha, etiqueta que los ubica al lado de los privilegiados y entre los defensores de un orden social y económico impugnable. Son las deformaciones propias de una ideología que divide el mundo en progresistas y reaccionarios, de igual manera que los escolásticos lo dividían entre creyentes y herejes.
Máscaras de la realidad
¿Por qué nuestros intelectuales son tan propensos a dejarse embrujar por supersticiones ideológicas? Friedrich von Hayek y Octavio Paz han dado buenas respuestas a esta pregunta. Para Hayek, la superstición nace cuando alguien cree saber más de lo que en realidad conoce. Y los intelectuales tienden a pensar, por influencia de su propia manipulación de ideas, fábulas poéticas o narrativas, que se puede rehacer el mundo a partir de un proyecto de sociedad teórica. El socialismo, en este sentido, es para él un error de intelectuales; es decir, una creación puramente ideológica, un postulado sin asidero en la realidad, un sueño de sociedad igualitaria, sin clases y sin afanes de lucro. Expresa una nostalgia de la sociedad arcaica y de la solidaridad tribal. Es, en suma, una utopía. En cuanto deja de serlo para convertirse en una realidad política, institucional y económica desemboca fatalmente en un sistema totalitario, regido por un pensamiento único. Su único beneficiario es una casta burocrático-militar. El liberalismo, en cambio, no parte de una construcción teórica. "Ningún intelectual", ha dicho Hayek, "decidió un día crear una organización que debería llamarse capitalismo o economía de mercado". Esta ha nacido de un orden espontáneo en el que concurren tan incontables decisiones, tantas, que ningún ordenador podría registrarlas. La pretensión de que el poder político pueda sustituir ventajosamente este juego tan complejo y plural no ha sido sino un desvarío. Y de hecho, las sociedades donde la iniciativa individual es libre han resultado más prósperas que las sociedades de economía planificada.
En América Latina, en forma más acusada que en Europa, los intelectuales toman del socialismo no la realidad fraudulenta y desastrosa que hizo colapso en la Unión Soviética y los países del Este europeo, sino el postulado teórico, el sueño de la sociedad igualitaria; sueño generoso que confrontan con todos los vicios, desigualdades e injusticias percibidas por ellos en el único capitalismo que hemos tenido: el capitalismo mercantilista, en el cual no se juega con las limpias cartas de la competencia y del mercado sino con los favores, prebendas o privilegios deparados por el poder. De esta confrontación, la utopía o las ideologías que la postulan salen siempre vencedoras si hay una disposición cultural o intelectual propensa a sacralizarlas, en vez de a verlas como supersticiones. Y esto es lo que les ha ocurrido a nuestros intelectuales por actitudes y hábitos que, según Octavio Paz, nos vienen del tomismo y la neoescolástica.
"Sus abuelos", dice Paz, "juraban en nombre de Santo Tomás, ellos en el de Marx, pero para unos y otros la razón es un arma al servicio de una Verdad con mayúscula. La misión del intelectual es defenderla. Tienen una idea polémica y combatiente de la cultura y del pensamiento: son cruzados. Así se ha perpetuado en nuestras tierras una tradición intelectual poco respetuosa de la opinión ajena, que prefiere las ideas a la realidad y los sistemas intelectuales a la crítica de los sistemas".
Entre nosotros, recuerda Paz, las ideas han tenido vida propia disociada de la realidad. Hicimos la independencia en nombre de unos postulados, pero ello no dio lugar a sociedades más libres y modernas, como pudo ocurrir con las revoluciones en Estados Unidos o en Francia. "Las ideas tuvieron función de máscara; así se convirtieron en una ideología, en el sentido negativo de esta palabra, en velos que interceptan y desfiguran la percepción de la realidad". De esta manera, fácilmente, el marxismo se convierte en nuestros intelectuales en una creencia y no en un sistema que, a la luz de los Estados y sociedades a que dio lugar, tanto en Europa como en la China, Vietnam o Cuba, se debería poner en tela de juicio.
Pero esta propensión a las alucinaciones ideológicas por atavismos culturales no lo explica todo. Circunstancias muy especiales de nuestra historia política influyeron en los intelectuales para mirar con simpatía, cuando no para abrazar abiertamente, las llamadas causas revolucionarias en el continente. Me refiero a dos fenómenos que por mucho tiempo estuvieron estrechamente relacionados entre sí: las dictaduras militares y el apoyo que recibieron del Departamento de Estado norteamericano. Para ser justos, debemos decir que no es este el caso hoy en día, cuando prevalecen en América Latina los gobiernos democráticos y cuando no hay luz verde para regímenes de fuerza por parte de Estados Unidos. Pero no fue ésta la situación en las épocas más álgidas de la Guerra Fría. Entonces, ante la amenaza comunista que se extendía por el mundo, prevalecía en más de un presidente norteamericano y en secretarios de Estado con vocación de halcones como el señor Foster Dulles la idea de que la única manera de conjurar este peligro era con gobiernos fuertes sustentados en las Fuerzas Armadas de cada país. Sabemos de sobra que dictaduras como las de Somoza en Nicaragua, Leonidas Trujillo en la República Dominicana, Odría en el Perú, Batista en Cuba, Pérez Jiménez en Venezuela y otras del mismo perfil fueron vistas en Washington en el más benévolo de los casos como un mal necesario, y otras como la Pinochet en Chile o la de Videla en Argentina se impusieron con su abierto apoyo en nombre de una cruzada anticomunista.
Muchos latinoamericanos de mi generación, que alcanzaron a padecer este tipo de regímenes y que, al mismo tiempo, fueron testigos de la feroz represión desatada por ellos contra las organizaciones de izquierda, en las cuales militaban centenares de estudiantes, profesionales, artistas, periodistas, sindicalistas y educadores, simpatizaron con su causa y con frecuencia la hicieron suya viendo en la política americana una expresión del imperialismo y en el socialismo su única y efectiva fuerza internacional de contención. La polarización derivada de la Guerra Fría y de las implicaciones que ella tuvo en América Latina no permitía entonces medias tintas ni evaluaciones más ponderadas de uno y otro sistema. Tal vez la nuestra fue una situación similar a la que vivió España cuando estalló la guerra civil. El franquismo, apoyado por Hitler y Mussolini, puso en el bando republicano a liberales, socialistas, anarquistas y comunistas enmascarando las divergencias sustanciales que podía haber entre ellos en nombre de la solidaridad frente a un enemigo común. De igual manera, frente a la tortura, a las desapariciones y al exilio forzado, la causa del llamado mundo libre nos parecía irrisoria, pues no veíamos en ella la defensa real de unos principios democráticos sino la preservación de intereses capitalistas.
En este contexto, la revolución cubana apareció como la única salida veraz a una situación desesperanzada, en la cual los cambios por la vía legal o institucional podían ser anulados por la intervención de las Fuerzas Militares, convertidas en perros guardianes de un orden tradicional acribillado de injusticias. De ahí que, con la aristocrática excepción de un Borges, las figuras más destacadas de la intelligentsia latinoamericana vieran a Castro o a Guevara como liberadores y estuvieran dispuestas a extenderles un cheque en blanco sin poner en duda la honestidad de sus propósitos. Mirando hoy retrospectivamente el proceso de la revolución cubana, uno descubre que a partir de su primero o segundo año muchos de sus desvaríos en el campo de las libertades públicas y del manejo económico, para no hablar de la implantación de un férreo sistema de control policial, eran patentes, como lo revela el extraordinario libro La lune et le caudillo, de la escritora francesa Jeannine Verdès-Leroux. La ruptura de un cierto número de ellos con el régimen cubano sólo se produjo en 1971, a raíz de la detención en La Habana del poeta cubano Heberto Padilla. Pero son probablemente más numerosos los escritores que expresan todavía su solidaridad al régimen de Fidel Castro, considerando que a él o a la revolución se deben importantes conquistas en el campo de la salud y de la educación y que las penurias de la isla se deben esencialmente al bloqueo norteamericano. Y por parcialidad ideológica, ellos suelen retener de la revolución cubana lo que consideran sus conquistas, sin poner en la balanza realidades abrumadoras como la represión, la penuria generalizada y el exilio de quienes no han querido aceptar un régimen comunista.
La coartada tercermundista
Detrás de estas posiciones, que muchos de nuestros intelectuales comparten con académicos y universitarios, palpita un viejo complejo latinoamericano frente a Estados Unidos, producto de una dolorosa e inevitable comparación. ¿Por qué aquel país es rico y los nuestros son pobres? ¿Quién tiene la culpa? A los pueblos, como a los individuos, no les gusta asumir la responsabilidad de sus propios fracasos. El venezolano Carlos Rangel supo demostrar cómo el tercermundismo respondía a esta necesidad de transferir la culpa propia endilgándosela a los países ricos del Primer Mundo y muy en especial a Norteamérica. Es, una vez más, una respuesta ideológica. De acuerdo con ella, la pobreza de América Latina sería el resultado de un voraz saqueo de nuestras riquezas. Nuestras materias primas serían compradas a precios irrisorios. No se nos pagarían por ellas el precio justo. Como afirma Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, en una ingrata división de tareas impuesta por los países ricos, a nuestra región le correspondería el triste papel de sirvienta obligada a atender las necesidades de éstos como "fuente y reserva del petróleo y del hierro, el cobre y las carnes, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos".
En un capítulo del Manual del perfecto idiota latinoamericano hemos demostrado con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa las falacias y necedades de este victimismo. Así como no se puede derogar la ley de gravedad, tampoco se puede impedir el libre juego de la oferta y la demanda en las transacciones económicas a fin de establecer una asignación de valores justos a los bienes y servicios. Nadie con dos dedos de frente ha podido determinar cuál debería ser el precio justo del café o del azúcar, y quién, si no es el mercado, tendría la autoridad para determinarlo. No es el caso entrar a analizar semejante disparate. Lo que importa es señalar que, si más de un intelectual nuestro tiende a acreditar la versión de que somos víctimas de una explotación sin entrañas por parte del mundo capitalista desarrollado, la respuesta a semejante situación –durante muchas décadas del siglo pasado– no pudo ser sino el socialismo. Fracasado este modelo en la Unión Soviética y los países del Este europeo, muerto por implosión, o sea por obra de sus propios desastres, quedan en algunos intelectuales latinoamericanos residuos de la moribunda ideología marxista. El primero es el sueño de la sociedad igualitaria, que ahora, despojado del lastre del socialismo real, recupera su primitiva condición de utopía. El segundo es de todas maneras el horror al capitalismo, ahora identificado con el llamado por ellos neoliberalismo o ultraliberalismo y con la globalización. Y, de todas maneras, la noción subliminal de la revolución, ahora encarnada en movimientos como el acaudillado por el subcomandante Marcos en México. Es más un juego fetichista que otra cosa; quizás un alarde lírico, un simple rechazo amputado de alternativa real, puesto que la realidad ha demostrado que fuera de la economía de mercado, en cualquiera de sus variantes, no existe otro modelo viable.
Convertido en utopía, y en utopía a menudo sangrienta, el sueño revolucionario, tan fervorosamente cortejado por tantos intelectuales latinoamericanos, podría pensarse que a éstos no les queda más salida que la resignación. Desde luego, tal actitud ninguno podría aceptarla, pues la realidad del continente a primera vista no puede ser peor. La pobreza de grandes sectores de la población es abrumadora. Las desigualdades son vistosas e inaceptables. La venalidad política, el clientelismo, los privilegios son las llagas de una sociedad enferma. Rebelarse contra todo eso no es sólo legítimo sino saludable e imprescindible. Sólo que esa rebelión ante los desastres de nuestra realidad debe ser lúcida y no enajenada. Las utopías encubren casi siempre un engaño, ya que , apoyándose en aspiraciones legítimas, generan violencia y opresión. Es hora de romper el mito guevarista de que la violencia es la gran partera de la historia. La civilización, el respeto de los derechos individuales y la modernidad no están en la punta de un fusil. La vía más eficaz para afrontar nuestros conflictos y problemas es el ejercicio incesante de un pensamiento crítico. Y es ahí donde el intelectual puede jugar al fin un verdadero papel de vanguardia.
Copiado del website: Dialnet.com
Comentario del autor del blog;
A veces los intelectuales convierten sus ideas y sus puntos de vista en cosa ya inamovible, que no acepta mudanzas y sus causas o doctrinas se vuelven cruzadas "por un mundo mejor"...😂😂 Y si con el tiempo se dan cuenta que están equivocados o tuvieron mala percepción de un momento histórico, de algún personaje o de alguna doctrina política o religiosa; Jamás darán su brazo a torcer. Se vuelven unos cruzados de sus causas porque no se puede aceptar (el hermoso ego) que su percepción del mundo en un momento determinado estaba errado. Aunque también el mundo intelectual y académico es muy cruel y si alguno se le ocurre cortar palitos con algún argumento dicho en el pasado; Pues es objeto de burlas, catalogado de torpe, vendido(¿cuanto te dieron?) y hasta puede ser condenado al ostracismo. Y quedar mal ante su público, discípulos y excecrado del gremio.
Un ejemplo de ello fueron los intelectuales franceses que apoyaron tempranamente al nazismo. Recalco tempranamente porque lo hicieron antes de que invadieran a Francia.
Cayeron los pobres hombres en el ostracismo o fueron condenados a muerte. Apostaron y lo hicieron muy mal. Se equivocaron.
Y vaya que lo hicieron mal. Era mejor retirar la apuesta tempranamente.
Luis Eduardo...
Comentarista 😂🙏👍
sábado, 6 de junio de 2026
Artículo de Rafael Caldera
Juan Pablo II a los venezolanos
Columna de Rafael Caldera «Panorama venezolano», escrita para ALA y publicada en diversos diarios, entre ellos El Universal, del cual extraemos su texto, del 1 de diciembre de 1993.
El discurso pronunciado por su santidad Juan Pablo II al recibir las cartas credenciales del nuevo embajador de Venezuela ante la Santa Sede, doctor Lucas Guillermo Castillo Lara, fue un mensaje directo a los venezolanos. No una mera confirmación de lo que, en el ámbito ecuménico dirigiéndose a la generalidad de los pueblos, ha venido pronunciando acerca de la orientación que deben tener la política y la economía para responder a las exigencias de la moral cristiana; fue una exhortación dirigida al país cuyo representante diplomático se acreditaba ante él y, sin duda, lo pronunció con plena conciencia del momento que estamos viviendo y de las perspectivas que existen con motivo de la próxima decisiva consulta electoral.
El contenido fundamental del discurso, de acuerdo con la información cablegráfica de la agencia Efe, no pudo ser más claro y contundente: «Juan Pablo II –dice el despacho– expresó ayer su deseo de justicia y solidaridad en Venezuela y señaló la necesidad de anteponer el bien común a los intereses particulares para la reconstrucción del país, y que los pobres no carguen con la parte más gravosa del reajuste económico».
Varios temas contiene la alocución, según lo revela el breve resumen que acabamos de transcribir. En primer término, el reclamo de justicia social, la exigencia de la equidad, en favor de los pobres. ¿Populista el Papa? Tal vez eso pensarán los neoliberales ortodoxos, dispuestos a endilgarle ese calificativo a quien se atreva a recordarles que las leyes económicas no pueden ser inexorables, ni pueden desconocer el objeto primordial que la actividad económica debe tener, que es la persona humana.
Cuando hemos enfrentado el Impuesto al Valor Agregado (IVA), lo que hemos señalado es precisamente su injusticia: es una carga adicional a las que ya el paquete económico ha impuesto a los menos pudientes, en obsequio a una supuesta recuperación económica y fiscal de Venezuela. Nadie que haya defendido el IVA, que yo sepa, se ha atrevido a calificarlo de justo: han dicho que es cómodo, que es fácil de recaudar, que es de rápida ejecución (condiciones que, por cierto, están por demostrar): pero su defecto principal estriba precisamente en que hace recaer sobre los consumidores, la mayoría de los cuales están empobrecidos, como consecuencia de la política de reajuste económico (alias paquete), el peso de esa nueva carga.
Dijo el Papa, además –y estoy seguro de que no lo hizo accidentalmente– sino con plena intención (como lo hacen todos los documentos pontificios) que es necesaria la solidaridad y con ella la visión del bien común para la reconstrucción de nuestro país. El vocablo reconstrucción, por cierto, lo hemos usado aquí enfáticamente. En nuestra Carta de Intención hablamos de «reconstruir moral, económica y socialmente la nación». Nadie pretenda que queremos ni remotamente insinuar que nuestra lucha haya movido la recomendación de Su Santidad; pero sí creemos poder afirmar que cuando empleamos tan trascendental expresión estamos interpretando la noción exacta que el Jefe supremo de la Cristiandad tiene de la situación de Venezuela.
Dijo Juan Pablo II, según informa Efe: «Para llevar a cabo la noble tarea de reconstrucción, se hace necesario que todos colaboren con generosidad y gran amplitud de miras, anteponiendo el bien común a los intereses particulares y promoviendo siempre el diálogo real y constructivo que evite descalificaciones y enfrentamientos». ¿Qué dirán a esto los cogollos que me pretenden afrentar por buscar una amplia convergencia nacional, y tratan de descalificar ese movimiento de entendimiento denominándolo «chiripero»?
Aquellos que, por otra parte, consideran anacrónico hablar de distribuir mejor los bienes, supongo que se indignarán porque el Papa recomendó «distribuir más justamente la riqueza, reduciendo las profundas desigualdades que ofenden a la condición de humanos, hijos de un mismo Padre y copartícipes de los dones que el Creador puso en manos de todos los hombres».
«Según el Papa –dice Efe– corresponde de modo particular a los poderes públicos la tarea de velar para que los sectores más desprotegidos no carguen con la parte más gravosa de los reajustes económicos. Por ello me permito recordar que las enseñanzas de la Iglesia han de continuar siendo elementos esenciales que inspiren a cuantos trabajan por el bien de los individuos, de las familias, de la sociedad, de modo que el esplendor de la verdad brille en todas las obras del Creador».
Es difícil negar que este discurso es uno de los documentos de mayor trascendencia que la Cátedra de Pedro ha producido para los católicos de Venezuela; y para los que, sin ser católicos, comparten la común aspiración de tener una nación feliz. Por eso, además de las afirmaciones a que arriba se ha hecho referencia, el fondo ético de toda la enseñanza brilla a través de la voz pontificia: «Hay que potenciar, afirma, los valores fundamentales para la convivencia social, tales como el respeto por la justicia y la solidaridad, la honestidad, la capacidad de diálogo y de participación a todos los niveles. De este modo podrán lograrse, en fin, aquellas condiciones de vida que permitan a los individuos, las familias, los grupos intermedios y asociativos su plena realización y la consecución de sus legítimas aspiraciones de progreso integral».
El Papa, por supuesto, sabe que Venezuela está a las puertas de una decisión cuyas consecuencias serán de mucha trascendencia. Se sintió obligado, como pastor, a orientar su rebaño. Sus orientaciones coinciden con los sentimientos de la comunidad nacional. Son menos los que no querrán entenderlas; y si se empeñan tercamente en ignorarlas, se encontrarán con el franco rechazo del pueblo.
2026 (CC BY-SA 4.0) Sucesión Rafael Caldera / Fundación Tomás Liscano.
domingo, 31 de mayo de 2026
Último discurso de Carlos Andrés Pérez antes de salir de su 2da. Presidencia.
Cumpliría 91 años y hubiera deseado otra muerte.
Artículo de prensa de Rafael Caldera.
Reflexiones de Tinajero de Rafael Caldera
Justicia social
Cada año, al terminar el mes de febrero, no podemos menos que recordar el 29 de febrero del año (bisiesto) de 1936. Aquel día se dictó el decreto que creó la Oficina Nacional del Trabajo y las primeras inspectorías del Trabajo, lo cual significó el reconocimiento de los deberes de la justicia social por el Estado venezolano que hasta ese entonces los había desconocido totalmente.
Empezó la Oficina Nacional del Trabajo y al poco tiempo, después de intervenir en los numerosos conflictos colectivos que se planteaban en el plano laboral, vio promulgarse la Ley del Trabajo elaborada por la misma Oficina. Y el progreso continuó en una forma indefinida. La ley tuvo su Reglamento, las inspectorías del Trabajo se multiplicaron y la Oficina Nacional del Trabajo se convirtió en Ministerio. Hombres como Eleazar López Contreras, Diógenes Escalante y Luis Gerónimo Pietri, dieron manifestación de su compromiso con la justicia social.
Cuando se habla del problema del hambre y la pobreza en el mundo se olvida que la primera definición contra el hambre es precisamente la legislación del trabajo.
El movimiento en pro de la justicia social fue ininterrumpido a partir de ese 29 de febrero de 1936. Y hay que tomar en cuenta que, en gran parte por el programa de la salud contra la malaria, aumentó en forma acentuada el volumen de la población. El decreto del 29 de febrero de 1936 cubría una población de tres millones y medio. Hoy tenemos veinticinco millones. Al mismo tiempo que la jurídica, se ha hecho una intensa obra material que está demostrando que los gobiernos anteriores no fueron tan incapaces como pretende el señor Chávez.
En educación, las cifras son impresionantes. El analfabetismo, a la muerte de Gómez, llegaba al ochenta por ciento. Hoy se pueden hacer campañas proselitistas y electorales con el programa de alfabetización, pero no se podrá negar que la cantidad de analfabetos a los que hubo que tratar eran una minoría dentro de la población total del país.
La población, por otra parte, se ha transformado aceleradamente. De la mayoría rural de 1936 se pasó a un país con pretensiones de modernidad, mayoritariamente urbano y, a pesar de que se realizaron en unos períodos de gobierno programas intensos de vivienda, todavía el déficit es considerable y requiere de esfuerzos más efectivos y más realistas de los que ha anunciado el señor Presidente. La sola comparación de las cifras entre la vivienda popular construida en los años de democracia y las que se hayan hecho en estos 6 años de gobierno "bolivariano", forma un eventual juicio que solamente la ignorancia y la mala fe pueden negar.
El país empezó un camino nuevo a partir del 29 de febrero de 1936. López Contreras hizo la iniciación. Medina Angarita continuó el ritmo e hizo énfasis en la necesidad de una Reforma Agraria. La Revolución de Octubre de 1945 le dio mayor énfasis al programa social y hay que reconocer que a pesar de los retrocesos de la dictadura de Pérez Jiménez, no dejó de preocuparse por la situación social. Por supuesto, que el movimiento iniciado el 23 de enero de 1958 produjo 40 años de intensa actividad, en la cual, algunos más, otros menos, todos los gobiernos se preocuparon por el aspecto social. La idea de justicia social a partir de 1936 ha estado presente en la vida de Venezuela.
2 de marzo 2005
Estos articulos se publicaban en El Universal y aparecian en algunos diarios regionales.








