Condenado a muerte
Aníbal Romero
Uno de los episodios más patéticos, vergonzosos y repudiables acaecidos recientemente en la escena internacional es el relativo a la «condena a muerte» proferida y ordenada por el líder iraní Ayatolah Jomeini contra el escritor británico (de origen hindú) Salman Rushdie, a raíz de la publicación de su novela Los versos satánicos.
El asunto tiene diversos aspectos de interés que merecen ser comentados. Sin duda alguna, el más relevante tiene que ver con el hecho insólito de que a estas alturas del llamado «progreso civilizatorio» y cuando existe todo un aparataje internacional denominado Organización de Naciones Unidas, que presumiblemente tiene entre sus prioridades la defensa de los derechos humanos, a un líder político religioso se le ocurra intentar disponer de la vida de un ser humano de esa manera. Si la ONU sirviese para algo, ya debía como mínimo haber expulsado a Irán y someter al Ayatolah a algún tipo de sanción moral. Resulta realmente penoso que algo semejante esté ocurriendo sin que la ONU siquiera intente pronunciarse con la urgencia y contundencia del caso, pero en fin, esto solo confirma lo que ya sabíamos, que la ONU es un armatoste inservible.
Otro ángulo no menos sorprendente se refiere a la gran soberbia y carencia de sentido de las proporciones por parte del líder iraní, que se atribuye la potestad de lanzar públicamente y a nivel mundial escuadrones de asesinos a la caza de un individuo por escribir un libro que no es de su agrado. Desde luego, el imán Jomeini tiene ya varios años enviando a centenares de miles de personas a la muerte en función del fanatismo religioso, pero el caso Rushdie pone de manifiesto con especial claridad la profunda crueldad, inhumanidad, violencia y propensión terrorista de las ideas y emociones del líder iraní.
En tercer lugar, interesa destacar el fanatismo casi siempre implícito en las religiones, con variaciones según el caso y momento histórico.
Ciertamente, el imán Jomeini encabeza una versión especialmente radicalizada del islamismo. Para fortuna de los adherentes a esta religión, algunas voces se han alzado, desde dentro de la fe islámica, para protestar contra la acción del imán iraní y para sostener que «en el Islam no hay tradición de matar a la gente sin juicio». Según este mismo intérprete de la teología islámica, «la ley islámica insiste en que las personas acusadas de ofensas capitales de asesinato y herejía sean juzgadas y confiesen su culpa antes de ser ejecutadas». Al menos alguien se ha atrevido a salirle al paso a la soberbia en la condena a muerte de Rushdie por parte de Jomeini.
En un mundo diferente, e imaginarlo es desde luego utópico, la acción de Jomeini debería conducir a consecuencias muy severas para Irán y su principal líder. Es intolerable que se admita una situación de esta naturaleza sin que la comunidad internacional haga nada en concreto para contrarrestarla.Desconozco los contenidos del libro de Rushdie y deploro que los mismos puedan ofender los sentimientos de personas sinceramente creyentes en el campo del islamismo. Sin embargo, sean los que sean los planteamientos de Los versos satánicos, hay que defender el derecho de su autor a exponer sus ideas libremente. Lo contrario es inquisición y totalitarismo. ¿Cuál sería —preguntémonos nuestra reacción— si el papa hubiese condenado a muerte al director de la película La última tentación de Cristo? ¿No nos habría acaso parecido una locura? Entre gente civilizada, no obstante, si la película resulta ofensiva, lo que se hace es no ir al cine a verla, algo bastante diferente a desatar la ira de miles de potenciales asesinos contra sus productores.
Últimas Noticias, 26 de febrero de 1989







