Artículos de Pizarrón de Arturo Uslar Pietri
Título: El Festín de Baltasar.
Libro: De una a otra Venezuela; Monte Ávila Editores, Caracas 1981; Págs. 22, 23, 24, 25 y 26.
Hay en la Biblia una estampa que se me parece curiosamente a esta hora venezolana. Es la del rey Baltasar en el festín. El oro y la plata de los vasos sagrados judíos se llena de vino, la tumultuosa corte se regocija y se ríe, suenan las músicas, bailan las danzarinas, los cortesanos se hartan, el pueblo recoge las abundantes sobras y el príncipe sonríe, entre su ensortijada barba, contemplando aquel largo panorama de plenitud y de bienestar. Nadie parece percatarse de que se está al borde de una tragedia, que el maravilloso festín no puede prolongarse indefinidamente, que todo lo que parece abundar es aparencial y falso y va a desaparecer. Hasta que aquella mano misteriosa escribe en la pared la enigmática sentencia que anuncia la inevitable catástrofe y que empieza con la palabra "mene". Una palabra que las gentes del lago de Maracaibo conocen bien y saben descifrar.
Mucho de ese festín tiene la vida venezolana. El gobierno emanado del golpe del 18 de Octubre parece presidir gozosamente una pródiga y larga fiesta en la que se consumen enormes recursos.
Comentario del autor del blog:
Mi abuelo decía; con lo que nada cuesta se hace fiesta. el petróleo y las minas cuando están tecnificadas e industrializadas producen mucho dinero y requieren poco personal, entonces los manejadores del estado venezolano hicieron gestión distributiva para "empoderar" a la población //es difícil sembrar el petróleo, porque siempre los gobernantes lo usan para hacerse de una clientela política y así permanecer en el poder.
Seguimos artículo de Uslar;
Según los mejores cómputos en poco más de un año, llevan gastados mil cuatrocientos millones de bolívares. Una suma de dimensiones colosales que se ha a desbordado sobre Venezuela como esos chaparrones tropicales que todo lo inundan y arrastran, llenando de dinero alegre y fácil todas las bolsas y poniendo el país a vivir como en el diario sorteo de una lotería en la que siempre hubiera de ganar.
Es una suma que excede a la de cuatrocientos millones de dólares, que los Estados Unidos consideraron suficiente para resolver los problemas políticos, militares, económicos y sociales de dos importantes naciones: Grecia y Turquía.
Es una suma diez veces más grande que el total de lo gastado por Guzmán Blanco a lo largo de su vigoroso y creador Septenio; y también diez veces mayor que todo lo gastado por la Oligarquía Conservadora durante el tiempo que gobernó a la República desde 1830 hasta 1847.
Comentario del autor del blog:
Uslar estaba en contra del azar o la vida azarienta muy propia de los venezolanos y estaba a favor del trabajo y el estudio disciplinado.
Hace comparaciones cuando habla de dinero, para hacernos entrar en razón de que se ha gastado en gastos corrientes en vez de gastos reproductivos o inversiones. En hacer un pasticho de empleados y obreros en la administración pública para hacer proselitismo político.
Con los años después de la guerra mundial hacía comparaciones con el plan Marshall.
Seguimos con el artículo de Uslar;
Esta enorme cantidad cuya enunciación excede en mucho el sentido de apreciación corriente, puede concebirse mejor relacionandola con las obras que podrían costearse con ella. Mil cuatrocientos millones de bolívares es el costo aproximado de veintiocho urbanizaciones semejantes al Silencio; o de mil ciento veinte grupos escolares iguales al República del Ecuador de Caracas, dónde cabría más que holgadamente toda la población escolar venezolana; o de setecientos mil kilómetros de carreteras, que es el triple de lo que actualmente tenemos.
Esta visión de vértigo refleja la magnitud de lo gastado. Y también pone de manifiesto la enorme desproporción entre lo gastado y lo hecho. Pocas son las obras en que puede mirarse representada semejante avalancha de dinero. Se ha gastado en sueldos, en dádivas, en ensayos, en tanteos, en complacencias, en todo eso que tan pintorescamente ha llamado el Presidente de la Junta de Gobierno "coger goteras". Tal vez no haya habido en toda la historia del mundo "goteras" más caras. La verdad es que se ha gastado en holgorio político, en desordenadas prodigalidades de ganador de lotería, en festín de Baltasar.
Comentario del autor del blog:
1)- ¿Tapando goteras con tanto dinero?. Lo que cabía era empezar a construir economía real.
2)- Uslar hace inventario de lo que se podría construir con la cantidad de dinero que entró al país por petróleo. Obras imperecederas. Escuelas, represas, canales y hospitales.
3)- El proyecto de octubre era empoderar a la población para el consumo, el de Medina y Uslar era sembrar el petróleo, hacer con el dinero de la renta una economía real. Más que nada agrarista, aunque también industrial.
4)- Se volvió al estado paquidermico y todavía hoy pagamos las consecuencias hoy día de toda esa loquera.
5)- Y el jolgorio político que nunca falla. DOLCE VITA para los políticos y después miseria para la población.
Fórmula más que probada en Venezuela.
Seguimos con el artículo de Uslar;
Con ser tan grave el despilfarro y tan cuantiosa la suma, no radica en ello lo peor del caso. El dinero malbaratado podría darse por nunca habido, imaginar que fue un fugaz sueño de Jauja del que se hubiera despertado.
El verdadero mal, el mal casi irreparable, no está en que se haya evaporado el costo de veintiocho urbanizaciones de el Silencio son que se haya hecho ninguna, sino en que se ha pervertido, Dios sabe hasta qué profundas fibras, el sentido de la economía en el pueblo venezolano. Se le ha enseñado, en todas sus capas sociales, a desdeñar el trabajo por el maná, a perder en términos de magia y no de contabilidad, a perder la noción de los precios, de los costos y del equilibrio económico. Ya muy poca gente en Venezuela sabe o se pregunta si las cosas son o no son caras, ni mucho menos lo que significa la carestía. El Estado practica un sistema simple de tipo providencial. Cuando el pan sube de precio para el obrero, se le sube el salario al obrero y cuando el patrono se queja de que no puede pagarlo se le permite a su vez subir el precio de lo que produce o se le acuerda una prima. El Estado financia todo este artificioso mecanismo, y al Estado lo financia el petróleo.
Comentario del autor del blog;
Muy importante ese planteamiento de Uslar -nuestro festín de Baltasar termina en 2010, por decir una fecha, pero Uslar lo advertía. Aunque se equivocó en fechas y tiempo, lo admirable es que decía lo que podía pasar- aquí muchos no sabemos lo que es producir de verdad verdad, no entendemos mucho de precio, valor, ganancia, sustentabilidad, emolumentos, salarios. No sabemos distinguir cuando algo vale la pena comprarlo o no. El que tiene dinero para invertir no se sabe cómo hacerlo y entonces lo malbaratan. Lo hemos visto y nadie se ha encargado de investigar a fondo y veremos cuánto dinero se ha malbaratado en Venezuela y de esa mala praxis y malas costumbres viene nuestra crisis actual.
Seguimos con el artículo de Uslar;
Se ha perdido la noción de lo que es una vida económica normal y se ha hecho casi imposible volver a ella, porque la inundación de dinero del fisco ha puesto en movimiento la espiral ascendente de la inflación que pasa sin tregua de precios altos a salarios altos, a costos altos que provocan a su vez nuevos precios altos.
Ya nuestros precios no son el resultado de la oferta y de la demanda en los mercados mundiales. El precio del café o de la carne o el del maíz no suben en Venezuela porque el juego de las fuerzas económicas así lo determinen, sino porque los productores exigen el aumento y el Estado complaciente se los acuerda. No debe haber sino rostros contentos en el festín.
El mercado mundial del café, o de la carne, o del maíz pueden fluctuar sin que los productores venezolanos se enteren. El Estado le asegura crecientes precios artificiales que paga con el dinero que obtiene de la renta petrolera, y de este modo, insensiblemente, nuestro café o nuestro algodón, o nuestros salarios se desnaturalizan y se van volviendo cada vez más otra cosa, que es precisamente petróleo, es decir mene. La misma misteriosa palabra que vio Baltasar escrita en la pared del festín.
Esta es, justamente, la trágica condición artificial de la economía venezolana que la política de despilfarro fiscal del régimen de Acción Democrática viene acentuando de un modo angustioso. Cada vez más dependemos del petróleo, cada día más la nación y su existencia pasan a ser una mera partida de contabilidad de las empresas petroleras y el Estado venezolano reviste la fabulosa apariencia de un Midas que lo que toca lo convierte en petróleo.
Lejos de sembrar el petróleo, que una vez me pareció la síntesis de la única política económica sensata para nuestro país, parecemos inconscientemente empeñados en arrancar lo que haya podido permanecer sembrado para convertirlo en petróleo.
Esta transformación negativa y contraria al interés nacional parece proseguir cumpliéndose sin que nadie se alarme ante sus inmensas consecuencias. Los productores venden más caro lo poco que producen y están contentos porque todavía no se percatan de que sus plantas y animales se les están volviendo petróleo, que ya no es de ellos, ni producto de los factores económicos que utilizan. Los comerciantes están satisfechos porque cada día pueden traer más cosas y venderlas más caras. Los puertos abarrotados de importaciones son la imagen de la nación que progresivamente se esteriliza. Los obreros ganan mayores salarios que les permiten olvidar el creciente costo de la vida. Los profesionales y los rentistas ven crecer la cifra de sus entradas. Los especuladores vislumbran ilimitadas perspectivas de enriquecimiento. El Gobierno emplea cada día más personas con mayores sueldos. Todos pueden tener el risueño contento de las gentes del festín. Pero, si es así, es porque no se percatan aún de que lo que reciben ya no es dinero que representa trabajo y producción, sino una negra y endeble moneda de petróleo.
¿Hasta cuando podrá durar este festín?
Hasta que dure el auge de la explotación petrolera. El día en que ella disminuya o decaiga, si continuamos en las condiciones actuales, habrá sonado para Venezuela el momento de una de las más pavorosas catástrofes económicas y sociales. El sistema de precios se desajustará violentamente. La importación disminuirá junto con las divisas. La escasa producción no permitirá resolver el problema del hambre y el desempleo que llevará a la miseria y a la desesperación a millares de seres, con imprevisibles consecuencias políticas y sociales.
Esa catástrofe puede tardar mucho o puede estar muy próxima. No es fácil prever el momento en que va a reventar esta tremenda ola contra la artificial y fragilisima estructura de nuestra vida económica.
Puede ocurrir, acaso, dentro de muchos años, cuando los pozos se agoten, o cuando se empiece a utilizar la energía atómica para fines industriales.
Pero también puede ocurrir demasiado pronto, dentro de tres o cinco años.
En el Cairo, en febrero de 1947, por ejemplo, un grupo de cinco grandes compañías americanas de ingeniería firmaron un contrato por valor de cien millones de dólares para la construcción de un oleoducto de treinta pulgadas de diámetro y más de mil millas de longitud, que transportará de trescientos a cuatrocientos mil barriles diarios del petróleo más barato del mundo, desde el norte de Saudí Arabia hasta la costa del Mediterráneo, cerca de Trípoli. La obra empezará en 1948 para estar concluída alrededor de 1950.
Las firmas de ese contrato podrían ser la primera palabra de la sentencia en el muro de nuestro festín de Baltasar.











