lunes, 15 de junio de 2026

Volver a la avenida Francisco de Miranda en Santa Rita.

 Ésta variante está mal construida, ayer un taxista nocturno en su modesto carro se estrelló contra las defensas del puente gomero. No hubo víctimas que lamentar, pero se le arruinaron los ingresos por un buen tiempo (ojalá no sea así) a un joven señor.
 Primero; No hay señalización que indique que la avenida va a concluir y se va a hacer más angosta o indicar la variante, que sería lo más sencillo.
 Segundo; La avenida debió terminar antes del cruce de Los Jabillos para hacer la transición hacia la carretera más suave y predecible. Que fluyera solo y no de manera abrupta como está hoy día.
 Tercero; Construir un puente nuevo con pasarela, ese es un puente muy viejo y muy angosto para la transición que hay que hacer. 
 Cuarto; No solo ampliar el puente sino también la carretera hasta La Ovallera, 10 metros de ancho con sus señalizaciones respectivas y paradas de buses, sobre todo en el centro comercial Los Aviadores.


La pasarela es la prueba fehaciente al desprecio humano que tienen los gobernantes, ¿que garantía de seguridad tiene una persona que vaya con un niño chiquito inquieto?, por decir algo. Un anciano, un discapacitado. Hacen obras vitrinas, pero obras esenciales para la periferia no hay, porque nadie ve la periferia.
Tienen que hacer un puente nuevo con pasarela incluida.

 Ésta es la Francisco de Miranda de Santa Rita, que es la misma carretera nacional Maracay a Magdaleno. Con sus variantes suicidas.

domingo, 14 de junio de 2026

Paso elevado de La Julia de Turmero



  Cuando inauguraron el elevado de La Julia en Turmero, ni los medios de comunicación sabían para que se había construido, no veían tráfico por debajo, un río. Nada!!!😂😂😂

 Por debajo de ese paso a desnivel iba a pasar el tren Puerto Cabello - Cagua y esa parte es la llegada definitiva. En Cagua - Santa Cruz iban a estar los talleres y le iban a dar vuelta a la locomotora. También iban a estar los patios de contenedores, galpones para mercancía y una aduana subalterna, logística, etcétera.

 Pero el tren se quedó paralizado hace 16 años, aproximadamente. Ese paso a desnivel junto con el de Cagua - Santa Cruz [qué no fue construido] eran las últimas obras, pero no se continuó hasta el sol de hoy.

 Ésta obra creo la hizo la constructora Mayvoca del señor Carmine Maratea. No lo recuerdo, pero que importa.

 Para que un tren pueda llegar a Santa Cruz - Cagua tiene que estar primero el progreso y no al revés.

Luis Eduardo Llanos Cabeza 

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Artículo sobre Ike Eisenhower

 IKE EISENHOWER Y EL DÍA D...

En 1944, el general Dwight D. Eisenhower tenía en sus manos una decisión que podía cambiar el destino del mundo libre. Como comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa, fue quien dio la orden final para lanzar el desembarco del Día D, enviando a cientos de miles de jóvenes soldados contra la maquinaria de la Alemania nazi.

Era un hombre de voluntad firme. Pero incluso la voluntad más fuerte puede doblarse bajo el peso de los recuerdos.

Años después, en julio de 1952, poco después de aceptar la candidatura presidencial republicana, Eisenhower entró en un almuerzo de veteranos de la legendaria 82.ª División Aerotransportada. Muchos de aquellos hombres habían saltado o combatido en la oscuridad caótica de Normandía bajo su mando.

Cuando se colocó frente a ellos y miró sus rostros, los recuerdos regresaron de golpe.

No vio solo una sala llena de antiguos soldados. Vio a los jóvenes valientes que nunca volvieron a levantarse. Recordó el peso inmenso de saber que, al autorizar aquella invasión, también estaba aceptando que miles de familias recibirían la noticia más dolorosa de sus vidas.

De pronto, la voz del gran general se quebró. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Ante una sala conmovida, el hombre que había ayudado a derrotar a Hitler no pudo esconder lo que llevaba dentro. Sacó un pañuelo, se cubrió el rostro y lloró frente a los veteranos que lo observaban en silencio.

 Lo que se vio aquel día no fue una escena calculada. Fue la herida abierta de un comandante que nunca dejó de cargar con la memoria de los soldados caídos. La noche antes del Día D, Eisenhower incluso había escrito un mensaje para asumir él solo la responsabilidad si la invasión fracasaba.

La invasión triunfó y abrió el camino hacia la liberación de Europa. Pero aquella imagen sigue siendo un recordatorio profundo: el precio de la libertad nunca se paga del todo, y las cargas más pesadas continúan mucho después de que las armas callan. 🕊️✨

Fuente: The Saturday Evening Post ("D-Day and General Eisenhower’s Greatest Decision", 3 de junio de 2020)

viernes, 12 de junio de 2026

Apuntes Urbanos

**B A R Q U I S I M E T o**



 Atentar contra un patrimonio arquitectónico y cultural ya discutido es una falta de respeto contra la comunidad y menos en favor de unos comerciantes y menos que menos para hacer un estacionamiento. Parece por las fechas de las capturas de medios de comunicación, que llevan años luchando por el hermoso cine.
 Lo otro es que si el Estado nacional, estadal o municipal declaran que algun bien inmueble es un patrimonio arquitectónico y cultural, pues que no se quede solo en un papel y proceda a restaurar y a darle un uso conforme para lo que fue creado.
 Por lo que veo el Rialto tiene hermosas líneas Art Deco, recuperarlo para darle el uso requerido es tarea titánica para la comunidad que lo reclama porque sabemos cómo es difícil hacer cultura fuera de Caracas.
 Muchas veces recuperan o construyen algún centro cultural y se lo entregan a la comunidad y todo aquello se convierte en alegría de tisico, al principio bien y al poco tiempo pierde fuelle.
 Veremos que pasa con el Rialto barquisimetano.
 Ojalá los habladores tanto de un nivel como de otro dejen de hablar y se pongan a diligenciar para que un buen proyecto víable se haga palpable.



 Otra estructura que se pueden tirar en caldito de ñame es el antiguo Cine Imperio, que aunque es Art Deco, le faltan más decoraciones propias del estilo, nada que la albañilería, Graveuca y avisos de neón no puedan resolver.

 El antiguo Cine Rialto en Caracas fue convertido en teatro Bolívar (en la imagen su interior) y ahí presentan actividades culturales permanentes. Pero es la capital nacional. 🙍🙇🤝🤝 Nuestra periferia está olvidada o gobernada por gente rara, enfermos de fanatismo. No sé.
 Y pensar que la arquitectura de hoy día es una porquería, casi todo es estructura metálica y dry wall. 
 Es una verdadera lástima.

jueves, 11 de junio de 2026

Apuntes Urbanos

*****MARACAY*******
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 El Pabellón de Ferias o Dancing del zoológico Las Delicias [#Maracay] derribado en 1982 por el gobierno Casanova Godoy.

¿Había necesidad de tumbarlo? En la imagen se vé que es una estructura muy bien hecha y bonita.

 Siempre queriendo borrar la memoria histórica, pero la memoria histórica es terca y siempre reaparece.

 También echaron abajo unos baños o balneario de piscinas que en realidad ameritaban -a mi criterio- derribarlos porque bien feos eran.

La casa del dictador Juan Vicente Gómez, el bagre Benemérito, que estaba donde está la cuchilla donde está un centro educativo, también fue derribada. 


La quinta El Mirador o 23 de mayo (ahí falleció el dictador), a veces se entiende el por qué la derribaron. Se trataba de una casa de madera diseñada por el arquitecto Epifanio Balza y con los años iba a ser difícil de mantener por éste clima húmedo. Pero también para borrar la memoria histórica, reitero.

La cuestión era que todo aquello formaba uno de los conjuntos de la ciudad corte; Zoológico, la primera casa donde vive el dictador al llegar a Maracay (aún existe), la casa de los arcos, el Dancing o pabellón, los baños-piscina horribles, la casa El Mirador y la represa o dique (en la imagen) para proveer agua al conjunto. Hasta ahí llegaban los "inversionistas", buscadores, trepadores y felicitadores de oficio, para hablar con el bagre Benemérito. Dicen que hasta Rockefeller se llegó hasta el sitio.

 Por ahí también se escapaba al mar de Choroní - Puerto Colombia. Y es que cuando se es dictador también hay que saber por dónde hay que volarse. 😂😂😂

Luis Eduardo Llanos Cabeza 

Autor 


miércoles, 10 de junio de 2026

Artículo de prensa sobre Rómulo Gallegos

Rómulo Gallegos 

y el Premio Nobel

Enriqueta Arvelo Larriva

Cuando tratamos de conseguir algo que no deja duda respecto a que  constituye un hecho justo, no puede la falta de éxito en las primeras gestiones matarnos el impulso. Si estamos convencidos del acierto y justicia que entraña el caso, es natural seguir actuando en tal sentido hasta ver realizado el propósito. Y como estamos plenamente convencidos todos los que aspiramos al Premio Nobel para Rómulo Gallegos de que se trata de algo justísimo, no nos causa pesadez alguna sino, por el contrario, nos resulta labor fácil y grata insistir en llevar su nombre y su obra ante la Academia Sueca para que, en la próxima ocasión de adjudicar el interesante premio, se torne presente tan resaltante y sostenida candidatura. 

Pienso que esta vez no tenemos necesidad de hacer el repaso de las condiciones excepcionales del escritor y del hombre que ha sido presentado por vastos sectores de América como auténtico merecedor del Premio Nobel. Es imposible que esas condiciones sean ignoradas hoy en el espacio universal de la cultura, pero es posible que ellas no se valoren equitativamente habiendo sido señaladas, no solo por los que tributamos al maestro una admiración únicamente emotiva por falta de dominio de una abarcadora y profunda pericia, sino por las conscientes entidades ampliamente autorizadas para hacer tal señalamiento. 

Por tanto, va la labor simplificada. Ya solo tenemos que llevar nuestra insistencia, respetuosa y esperanzada, ante los que han de dar esta vez el fallo que colme nuestra justa aspiración de que el galardón máximo luzca sobre los múltiples galardones ya obtenidos por el insigne escritor, hombre de alta y recta conducta. 

Aún más, a la presentación anterior hecha con la finalidad tan digna de aprobación y aplauso hay que añadir en esta oportunidad las últimas demostraciones del ilustre presentado. Porque hay que tener en cuenta la excelente actuación que, después de finalizado el ostracismo en el que vivió tan dignamente, es gala del cotidiano y preocupado quehacer de Rómulo Gallegos. 

Desaparecido el régimen que lo mantuvo sin ver a su país y sin que se pudiese exaltar su nombre en su tierra de origen con toda libertad y entusiasta comento, el maestro ha podido —y tenía derecho a ello— volver a Venezuela a buscar compensaciones de todo orden y alzar orgulloso su airoso penacho de triunfo frente al conglomerado encendido de admiración y afecto. Pero este magnífico ejemplar humano insinúa su presencia en su suelo con la más inequívoca modestia; como si él hubiese sido uno cualquiera de los millares de exiliados; como si no llevase en sí la tremenda riqueza de su preciada significación; y, sin pesar ni remordimiento en ser director «legalizado» de nuestra vida nacional, se constituye en centinela moral de nuestro devenir ciudadano y no pierde ocasión de dar a su pueblo —sin el menor empacho— la oportuna lección de civismo y cultura que emana de él no como un enrevesado torrente, sino como un hilo fresco y bien llegado de clarísima agua.

Repasando la conducta de Gallegos después de su retorno al país, encuentro en ella sencillez casi campesina, gallarda valentía, limpio renunciamiento, nacida sabiduría pasada por crisol, acendrado amor patriótico y absoluta falta de complejo de resentido.

Ya saben, pues, en Estocolmo, que nuestro candidato al Premio Nobel, lejos de dejar decaer sus atributos, está hoy realzado por nuevas y brillantes actuaciones, cultas y humanas, nobles rasgos de su singular naturaleza.

El Nacional, 31 de enero de 1960.


lunes, 8 de junio de 2026

Artículo de Plinio Apuleyo Mendoza

Nuestros intelectuales y el mito revolucionario

Plinio Apuleyo Mendoza

Por haber sido un hombre de izquierda hasta los 40 años y haber compartido con muchos amigos convicciones, esperanzas y fervores relacionados con el socialismo y con experiencias tales como la revolución cubana, creo estar bien situado para buscar una respuesta a las siguientes preguntas: ¿por qué la gran mayoría de los intelectuales latinoamericanos hicieron suya sin reservas en el siglo XX la causa del marxismo y de sus derivaciones tercermundistas? ¿Por qué han asumido como posición de avanzada los dogmas de dicho pensamiento? ¿ Por qué, de esa manera, han contribuido a errar el rumbo de todo un continente, exaltando mitos y aventuras revolucionarias, en vez de poner su conciencia crítica al servicio de opciones que le permitan acceder a las ventajas o beneficios del desarrollo, derrotar a la pobreza y consolidar la democracia?

Intentaré dar las explicaciones que considero más relevantes a estos desvaríos recurrentes de la intelligentsia latinoamericana. Pero antes no sobra una advertencia: los intelectuales de otras latitudes no han estado mejor encaminados. Analistas e historiadores que han intentado seguir su trayectoria a lo largo del siglo XX se sorprenden de su ceguera y de su precipitación. En un libro titulado The fellow-travelers, el historiador David Caute, profesor en las universidades de Oxford, Nueva York y Columbia, ha hecho un abrumador inventario de todas las tonterías que notables escritores dijeron o escribieron a propósito del régimen soviético, sin duda de muy buena fe, en los años treinta, que fueron por cierto los más terribles del estalinismo. "Mañana dejo esta tierra de esperanza", decía, por ejemplo, Bernard Shaw, "para regresar a nuestros países occidentales de desesperanza". A su turno, los novelistas norteamericanos Theodoro Dreisser y Upton Sinclair alababan al régimen soviético por la ausencia de ladrones y de corrupción en la URSS, en tanto que Waldo Frank percibía allí "una gran energía potencial" y su colega Edmund Wilson situaba aquel país en "la cumbre moral del mundo". Parecidos elogios a aquel régimen totalitario, responsable de deportaciones masivas, gulags , colectivización forzada de tierras, harían los franceses Anatole France, Romain Rolland y los Joliots Curie, así como notables autores británicos y alemanes. Ninguno de ellos perdonó a André Gide que hubiese publicado su Regreso de la URSS. Después de la segunda guerra mundial, Jean-Paul Sartre, para quien el compromiso fue una elección y una ética, defendió también al régimen soviético e hizo suyas las causas de China, Cuba, Argelia, Vietnam basado en dos concepciones igualmente equivocadas: que el capitalismo era el mayor de los males del universo y que el socialismo era su necesaria réplica histórica. Gide, en un momento de su vida, creyó lo mismo pero acabó dándose cuenta a tiempo de la realidad del régimen soviético. "Tengo que decir la verdad", dijo, y ello, según lo registra Octavio Paz, le costó "largos y agonizantes debates interiores". Sartre no hizo esta apostasía. Apenas vio petrificarse en una casta burocrática el socialismo a la soviética, optó por apoyar otros desvaríos: el maoísmo y el tercermundismo más agreste. "Me produjo fiebre", recuerda hoy el escritor y periodista francés Jean Daniel, a propósito del prólogo escrito por Sartre al libro Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, "leer aquello de que un colonizado no podía encontrar su salvación sino en el asesinato de un colono y un negro, en el de un blanco".

Me apresuro a decir que no era el suyo un caso de deshonestidad. Sartre fue un hombre profundamente honesto. También lo era Julio Cortázar, a quien conocí de cerca: cándido y honesto. Simplemente el francés y el argentino, como muchos europeos y muchos intelectuales latinoamericanos, fueron seducidos por una utopía intelectual que parecía condenar a una muerte cierta a la democracia liberal y la economía de mercado y pintaba con trazos luminosos el camino hacia una sociedad sin clases. No veían ellos, pues, la realidad deplorable de un sistema, sino su exaltación ideológica.

Los intelectuales que tuvieron o han tenido la lucidez de anteponer a esta clase de enajenaciones los valores de la libertad y del individuo, como Albert Camus, Raymond Aron, Jean-François Revel y, en el continente latinoamericano, Octavio Paz o Mario Vargas Llosa, han sido a menudo descalificados en los ámbitos académicos y universitarios como exponentes de un pensamiento de derecha, etiqueta que los ubica al lado de los privilegiados y entre los defensores de un orden social y económico impugnable. Son las deformaciones propias de una ideología que divide el mundo en progresistas y reaccionarios, de igual manera que los escolásticos lo dividían entre creyentes y herejes.

Máscaras de la realidad

¿Por qué nuestros intelectuales son tan propensos a dejarse embrujar por supersticiones ideológicas? Friedrich von Hayek y Octavio Paz han dado buenas respuestas a esta pregunta. Para Hayek, la superstición nace cuando alguien cree saber más de lo que en realidad conoce. Y los intelectuales tienden a pensar, por influencia de su propia manipulación de ideas, fábulas poéticas o narrativas, que se puede rehacer el mundo a partir de un proyecto de sociedad teórica. El socialismo, en este sentido, es para él un error de intelectuales; es decir, una creación puramente ideológica, un postulado sin asidero en la realidad, un sueño de sociedad igualitaria, sin clases y sin afanes de lucro. Expresa una nostalgia de la sociedad arcaica y de la solidaridad tribal. Es, en suma, una utopía. En cuanto deja de serlo para convertirse en una realidad política, institucional y económica desemboca fatalmente en un sistema totalitario, regido por un pensamiento único. Su único beneficiario es una casta burocrático-militar. El liberalismo, en cambio, no parte de una construcción teórica. "Ningún intelectual", ha dicho Hayek, "decidió un día crear una organización que debería llamarse capitalismo o economía de mercado". Esta ha nacido de un orden espontáneo en el que concurren tan incontables decisiones, tantas, que ningún ordenador podría registrarlas. La pretensión de que el poder político pueda sustituir ventajosamente este juego tan complejo y plural no ha sido sino un desvarío. Y de hecho, las sociedades donde la iniciativa individual es libre han resultado más prósperas que las sociedades de economía planificada.

En América Latina, en forma más acusada que en Europa, los intelectuales toman del socialismo no la realidad fraudulenta y desastrosa que hizo colapso en la Unión Soviética y los países del Este europeo, sino el postulado teórico, el sueño de la sociedad igualitaria; sueño generoso que confrontan con todos los vicios, desigualdades e injusticias percibidas por ellos en el único capitalismo que hemos tenido: el capitalismo mercantilista, en el cual no se juega con las limpias cartas de la competencia y del mercado sino con los favores, prebendas o privilegios deparados por el poder. De esta confrontación, la utopía o las ideologías que la postulan salen siempre vencedoras si hay una disposición cultural o intelectual propensa a sacralizarlas, en vez de a verlas como supersticiones. Y esto es lo que les ha ocurrido a nuestros intelectuales por actitudes y hábitos que, según Octavio Paz, nos vienen del tomismo y la neoescolástica.

"Sus abuelos", dice Paz, "juraban en nombre de Santo Tomás, ellos en el de Marx, pero para unos y otros la razón es un arma al servicio de una Verdad con mayúscula. La misión del intelectual es defenderla. Tienen una idea polémica y combatiente de la cultura y del pensamiento: son cruzados. Así se ha perpetuado en nuestras tierras una tradición intelectual poco respetuosa de la opinión ajena, que prefiere las ideas a la realidad y los sistemas intelectuales a la crítica de los sistemas".

Entre nosotros, recuerda Paz, las ideas han tenido vida propia disociada de la realidad. Hicimos la independencia en nombre de unos postulados, pero ello no dio lugar a sociedades más libres y modernas, como pudo ocurrir con las revoluciones en Estados Unidos o en Francia. "Las ideas tuvieron función de máscara; así se convirtieron en una ideología, en el sentido negativo de esta palabra, en velos que interceptan y desfiguran la percepción de la realidad". De esta manera, fácilmente, el marxismo se convierte en nuestros intelectuales en una creencia y no en un sistema que, a la luz de los Estados y sociedades a que dio lugar, tanto en Europa como en la China, Vietnam o Cuba, se debería poner en tela de juicio.

Pero esta propensión a las alucinaciones ideológicas por atavismos culturales no lo explica todo. Circunstancias muy especiales de nuestra historia política influyeron en los intelectuales para mirar con simpatía, cuando no para abrazar abiertamente, las llamadas causas revolucionarias en el continente. Me refiero a dos fenómenos que por mucho tiempo estuvieron estrechamente relacionados entre sí: las dictaduras militares y el apoyo que recibieron del Departamento de Estado norteamericano. Para ser justos, debemos decir que no es este el caso hoy en día, cuando prevalecen en América Latina los gobiernos democráticos y cuando no hay luz verde para regímenes de fuerza por parte de Estados Unidos. Pero no fue ésta la situación en las épocas más álgidas de la Guerra Fría. Entonces, ante la amenaza comunista que se extendía por el mundo, prevalecía en más de un presidente norteamericano y en secretarios de Estado con vocación de halcones como el señor Foster Dulles la idea de que la única manera de conjurar este peligro era con gobiernos fuertes sustentados en las Fuerzas Armadas de cada país. Sabemos de sobra que dictaduras como las de Somoza en Nicaragua, Leonidas Trujillo en la República Dominicana, Odría en el Perú, Batista en Cuba, Pérez Jiménez en Venezuela y otras del mismo perfil fueron vistas en Washington en el más benévolo de los casos como un mal necesario, y otras como la Pinochet en Chile o la de Videla en Argentina se impusieron con su abierto apoyo en nombre de una cruzada anticomunista.

Muchos latinoamericanos de mi generación, que alcanzaron a padecer este tipo de regímenes y que, al mismo tiempo, fueron testigos de la feroz represión desatada por ellos contra las organizaciones de izquierda, en las cuales militaban centenares de estudiantes, profesionales, artistas, periodistas, sindicalistas y educadores, simpatizaron con su causa y con frecuencia la hicieron suya viendo en la política americana una expresión del imperialismo y en el socialismo su única y efectiva fuerza internacional de contención. La polarización derivada de la Guerra Fría y de las implicaciones que ella tuvo en América Latina no permitía entonces medias tintas ni evaluaciones más ponderadas de uno y otro sistema. Tal vez la nuestra fue una situación similar a la que vivió España cuando estalló la guerra civil. El franquismo, apoyado por Hitler y Mussolini, puso en el bando republicano a liberales, socialistas, anarquistas y comunistas enmascarando las divergencias sustanciales que podía haber entre ellos en nombre de la solidaridad frente a un enemigo común. De igual manera, frente a la tortura, a las desapariciones y al exilio forzado, la causa del llamado mundo libre nos parecía irrisoria, pues no veíamos en ella la defensa real de unos principios democráticos sino la preservación de intereses capitalistas.

En este contexto, la revolución cubana apareció como la única salida veraz a una situación desesperanzada, en la cual los cambios por la vía legal o institucional podían ser anulados por la intervención de las Fuerzas Militares, convertidas en perros guardianes de un orden tradicional acribillado de injusticias. De ahí que, con la aristocrática excepción de un Borges, las figuras más destacadas de la intelligentsia latinoamericana vieran a Castro o a Guevara como liberadores y estuvieran dispuestas a extenderles un cheque en blanco sin poner en duda la honestidad de sus propósitos. Mirando hoy retrospectivamente el proceso de la revolución cubana, uno descubre que a partir de su primero o segundo año muchos de sus desvaríos en el campo de las libertades públicas y del manejo económico, para no hablar de la implantación de un férreo sistema de control policial, eran patentes, como lo revela el extraordinario libro La lune et le caudillo, de la escritora francesa Jeannine Verdès-Leroux. La ruptura de un cierto número de ellos con el régimen cubano sólo se produjo en 1971, a raíz de la detención en La Habana del poeta cubano Heberto Padilla. Pero son probablemente más numerosos los escritores que expresan todavía su solidaridad al régimen de Fidel Castro, considerando que a él o a la revolución se deben importantes conquistas en el campo de la salud y de la educación y que las penurias de la isla se deben esencialmente al bloqueo norteamericano. Y por parcialidad ideológica, ellos suelen retener de la revolución cubana lo que consideran sus conquistas, sin poner en la balanza realidades abrumadoras como la represión, la penuria generalizada y el exilio de quienes no han querido aceptar un régimen comunista.

La coartada tercermundista

Detrás de estas posiciones, que muchos de nuestros intelectuales comparten con académicos y universitarios, palpita un viejo complejo latinoamericano frente a Estados Unidos, producto de una dolorosa e inevitable comparación. ¿Por qué aquel país es rico y los nuestros son pobres? ¿Quién tiene la culpa? A los pueblos, como a los individuos, no les gusta asumir la responsabilidad de sus propios fracasos. El venezolano Carlos Rangel supo demostrar cómo el tercermundismo respondía a esta necesidad de transferir la culpa propia endilgándosela a los países ricos del Primer Mundo y muy en especial a Norteamérica. Es, una vez más, una respuesta ideológica. De acuerdo con ella, la pobreza de América Latina sería el resultado de un voraz saqueo de nuestras riquezas. Nuestras materias primas serían compradas a precios irrisorios. No se nos pagarían por ellas el precio justo. Como afirma Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, en una ingrata división de tareas impuesta por los países ricos, a nuestra región le correspondería el triste papel de sirvienta obligada a atender las necesidades de éstos como "fuente y reserva del petróleo y del hierro, el cobre y las carnes, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos".

En un capítulo del Manual del perfecto idiota latinoamericano hemos demostrado con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa las falacias y necedades de este victimismo. Así como no se puede derogar la ley de gravedad, tampoco se puede impedir el libre juego de la oferta y la demanda en las transacciones económicas a fin de establecer una asignación de valores justos a los bienes y servicios. Nadie con dos dedos de frente ha podido determinar cuál debería ser el precio justo del café o del azúcar, y quién, si no es el mercado, tendría la autoridad para determinarlo. No es el caso entrar a analizar semejante disparate. Lo que importa es señalar que, si más de un intelectual nuestro tiende a acreditar la versión de que somos víctimas de una explotación sin entrañas por parte del mundo capitalista desarrollado, la respuesta a semejante situación –durante muchas décadas del siglo pasado– no pudo ser sino el socialismo. Fracasado este modelo en la Unión Soviética y los países del Este europeo, muerto por implosión, o sea por obra de sus propios desastres, quedan en algunos intelectuales latinoamericanos residuos de la moribunda ideología marxista. El primero es el sueño de la sociedad igualitaria, que ahora, despojado del lastre del socialismo real, recupera su primitiva condición de utopía. El segundo es de todas maneras el horror al capitalismo, ahora identificado con el llamado por ellos neoliberalismo o ultraliberalismo y con la globalización. Y, de todas maneras, la noción subliminal de la revolución, ahora encarnada en movimientos como el acaudillado por el subcomandante Marcos en México. Es más un juego fetichista que otra cosa; quizás un alarde lírico, un simple rechazo amputado de alternativa real, puesto que la realidad ha demostrado que fuera de la economía de mercado, en cualquiera de sus variantes, no existe otro modelo viable.

Convertido en utopía, y en utopía a menudo sangrienta, el sueño revolucionario, tan fervorosamente cortejado por tantos intelectuales latinoamericanos, podría pensarse que a éstos no les queda más salida que la resignación. Desde luego, tal actitud ninguno podría aceptarla, pues la realidad del continente a primera vista no puede ser peor. La pobreza de grandes sectores de la población es abrumadora. Las desigualdades son vistosas e inaceptables. La venalidad política, el clientelismo, los privilegios son las llagas de una sociedad enferma. Rebelarse contra todo eso no es sólo legítimo sino saludable e imprescindible. Sólo que esa rebelión ante los desastres de nuestra realidad debe ser lúcida y no enajenada. Las utopías encubren casi siempre un engaño, ya que , apoyándose en aspiraciones legítimas, generan violencia y opresión. Es hora de romper el mito guevarista de que la violencia es la gran partera de la historia. La civilización, el respeto de los derechos individuales y la modernidad no están en la punta de un fusil. La vía más eficaz para afrontar nuestros conflictos y problemas es el ejercicio incesante de un pensamiento crítico. Y es ahí donde el intelectual puede jugar al fin un verdadero papel de vanguardia.

Copiado del website: Dialnet.com

Comentario del autor del blog;

A veces los intelectuales convierten sus ideas y sus puntos de vista en cosa ya inamovible, que no acepta mudanzas y sus causas o doctrinas se vuelven cruzadas "por un mundo mejor"...😂😂 Y si con el tiempo se dan cuenta que están equivocados o tuvieron mala percepción de un momento histórico, de algún personaje o de alguna doctrina política o religiosa; Jamás darán su brazo a torcer. Se vuelven unos cruzados de sus causas porque no se puede aceptar (el hermoso ego) que su percepción del mundo en un momento determinado estaba errado. Aunque también el mundo intelectual y académico es muy cruel y si alguno se le ocurre cortar palitos con algún argumento dicho en el pasado; Pues es objeto de burlas, catalogado de torpe, vendido(¿cuanto te dieron?) y hasta puede ser condenado al ostracismo. Y quedar mal ante su público, discípulos y excecrado del gremio.

Un ejemplo de ello fueron los intelectuales franceses que apoyaron tempranamente al nazismo. Recalco tempranamente porque lo hicieron antes de que invadieran a Francia.

Cayeron los pobres hombres en el ostracismo o fueron condenados a muerte. Apostaron y lo hicieron muy mal. Se equivocaron.

Y vaya que lo hicieron mal. Era mejor retirar la apuesta tempranamente.

Luis Eduardo...

Comentarista 😂🙏👍