La Casona de la Trinidad: la joya que fue codiciada y hoy está en ruinas.
Por: Luis Eduardo Llanos Cabeza (Autor y prosumidor cultural)
La Casona de la Trinidad es uno de los tres únicos referentes de la arquitectura colonial que le quedan a Maracay. Su historia está marcada por la codicia y el poder; por sus pasillos desfilaron los caudillos más aprovechadores de nuestra historia: José Antonio Páez, Joaquín Crespo, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, entre otros. Sin embargo, su propietario más pintoresco y showcero fue Antonio Fernández de León, el marqués de Casa León.
El marqués era un hombre guabinoso y experto en «brincar la talanquera», una auténtica «estrellita» de la política de su tiempo cuya volatilidad causa hoy risa a algunos e indignación a otros. Curiosamente, terminó exiliado en Puerto Rico, auxiliado económicamente por el propio Simón Bolívar y su hermana María Antonia. Fernández de León fue el tercer propietario del inmueble, el cual recibió originalmente como dote matrimonial. Su nivel de egolatría fue tal que mandó a construir un panteón en la propiedad para que fuera su última morada. Irónicamente, jamás se usó: el hombre falleció desterrado en el Caribe, víctima de sus propias travesuras y de las de aquellos que querían arrebatarle su magnífica y codiciada posesión.
Y es que todos querían quedarse con ese inmueble. La Casona encierra demasiada historia: sirvió de cuartel general a Francisco de Miranda, fue sitio de reunión de grandes próceres y sirvió de resguardo temporal para los inmigrantes alemanes que iban a fundar la Colonia Tovar.
En tiempos más recientes, albergó a unos monjes benedictinos que mantuvieron la estructura en pie hasta que, según cuentan, fueron desalojados en la década de los sesenta. La propiedad pasó entonces a manos del Ministerio de Agricultura y Cría, y a partir de ahí comenzó la perdición. Hoy en día, la casa se deteriora gravemente por la falta de uso, el descuido institucional y la total ausencia de mantenimiento. El golpe de gracia, lamentablemente, se lo dio la trágica explosión de CAVIM.
Ante este panorama, surgen los debates sobre su destino. Unos plantean el aseguramiento definitivo de sus ruinas. Otros, entre los que me incluyo, proponemos una alternativa más ambiciosa: basándonos en la detallada memoria fotográfica que ya existe, propongo buscar arquitectos expertos en la reconstrucción de cascos históricos totalmente destruidos —como se hizo magistralmente en Varsovia tras la Segunda Guerra Mundial—, tanto venezolanos como extranjeros (polacos o húngaros). La idea sería demoler la ruina actual y construir un facsímil exacto de la antigua, histórica y codiciada Casona.
En Maracay ya tenemos experiencias exitosas de este proceder arquitectónico:
La casa del mariscal francés Louis Franchet d’Espèrey: ubicada en Las Delicias, mandada a construir por Gómez como una réplica exacta de la residencia del militar en Francia (hoy sede de la Cuarta División Blindada).
El Pasaje Catalán: una réplica diseñada para que los trabajadores catalanes de los telares de Maracay y El Lactuario se sintieran como en casa.
La Maestranza César Girón: otra joya inspirada en arquitecturas foráneas adaptadas a nuestro contexto. Específicamente en la Plaza de Toros de Sevilla.
Sin embargo, aquí cabe aplicar el dilema de los malos polemistas: "Así como te digo una cosa, también te digo la otra". He pensado que reconstruirla para convertirla en museo o centro cultural quizás no sea la mejor opción. En la Venezuela actual, casi todos los museos están quebrados y, siendo honestos, en medio de la severa crisis económica que vivimos, a la ciudadanía no le interesan los museos como para justificar semejante gasto.
Aun así, si me lo permiten, destrabo un recuerdo: hace muchos años viajé a la isla de Margarita. Allí conocimos a un guía turístico que, muy pulcro con su uniforme y kepis, nos explicaba la historia del Castillo de Pampatar a través de anécdotas sueltas, datos jocosos y relatos vivos de los personajes de la época. Pensando en ello, la Casona de la Trinidad, combinada con la historia traviesa y picaresca de Antonio Fernández de León y José Antonio Páez, tendría un potencial enorme para ofrecer visitas guiadas sumamente amenas y atractivas.
La otra alternativa viable sería consolidar y monumentalizar las ruinas existentes, tal y como se hizo con la Casa Fuerte de Barcelona o el histórico Polvorín de San Mateo (aquel donde, según la historiografía oficial, se inmoló Antonio Ricaurte).
Lo único cierto es que la desidia no puede ser la respuesta. Creo firmemente que algo se puede —y se debe— hacer.
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| Muchos están interesados en rescatar la casa |

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