Las Fórmulas de la Transición: Entre el Gradualismo y el Veto Colectivo
Hablar de transiciones políticas suele parecer una fórmula mágica o un frío cálculo matemático, pero la realidad es mucho más compleja. En Venezuela, el proceso postgomecista estuvo signado por el gradualismo, una apertura a cuentagotas implementada por los herederos del régimen. Sin embargo, la dirigencia de Acción Democrática, liderada por Rómulo Betancourt, exigía un salto cualitativo hacia la democracia plena. Años más tarde, el propio Betancourt comprendería la necesidad de la moderación: corrigió el rumbo y articuló el Pacto de Puntofijo en 1958, un acuerdo de gobernabilidad democrática que, estratégicamente, incluyó a sectores institucionales vinculados al postgomecismo. Aunque esa configuración inicial mutó rápidamente, abrió paso a fórmulas de coalición como la Ancha Base y a un sólido pacto institucional. En cierto modo, este ecosistema respetaba los espacios políticos ganados a fuerza de voluntad, validando el peso y la legitimidad de los actores involucrados.
El escenario internacional ofrece otros ejemplos de acuerdos cupulares. Los Pactos de la Moncloa en España facilitaron el tránsito de la dictadura franquista a la monarquía parlamentaria mediante el consenso generalizado. Por otro lado, el Frente Nacional en Colombia estableció una alternancia pacífica del poder ejecutivo entre liberales y conservadores para frenar la violencia bipartidista; no obstante, este pacto llegó al colmo de la exclusión democrática al fraguar el fraude electoral de 1970 contra el general Gustavo Rojas Pinilla, demostrando los peligros de los sistemas cerrados. Lograr estos consensos es una tarea titánica; con frecuencia, los hombres de la política y la religión actúan con cerrazón ideológica —como si tuvieran la cabeza llena de corcho mojado— y carecen de la lucidez necesaria para retirarse, incluso cuando la biología y el paso del tiempo les gritan que su momento ya pasó.
Existen otros modelos institucionales dignos de estudio, como la cohabitación francesa —donde un presidente y un primer ministro de distintas tendencias gobiernan en un equilibrio republicano— o la exitosa Concertación de Partidos por la Democracia en Chile, que desmanteló el legado de Pinochet desde sus propias reglas de juego.
Intentar una cohabitación en la Venezuela contemporánea resulta sumamente complejo, ya que el sesgo totalitario de una de las partes destruye cualquier intento de equilibrio simétrico. Lo mismo ocurre cuando se idealiza la llamada "unión cívico-militar": la experiencia histórica nos advierte que este tipo de alianzas suele degenerar en una junta estrictamente militar. Es una metáfora perfecta de una pecera donde conviven tiburones y sardinas; todos sabemos de antemano quién terminará devorando a quién.
Hoy en día, las propuestas planteadas por figuras de la política estadounidense contemporánea —como Marco Rubio y Donald Trump (el llamado "señor Zanahoria")— sugieren un gradualismo tutelado similar al de la transición española. Sin embargo, Venezuela ya vivió su propio gradualismo a mediados del siglo XX. Por negarse a otorgar a tiempo el voto universal, directo y secreto, el postgomecismo de Eleazar López Contreras y el medinismo de Isaías Medina Angarita lo terminaron perdiendo todo —o casi todo— en el golpe de 1945.
El verdadero temor al mirar hacia el futuro no es el inicio de una transición hacia las libertades públicas efectivas, sino el riesgo latente de sufrir una regresión autoritaria. El peligro real es que Venezuela repita los trágicos espejismos de Nicaragua o la Rusia postsoviética, donde la promesa de un cambio democrático terminó involucionando hacia un crudo y descarnado canibalismo político.
UN BONUS DE LA IA PARA SEGUIR REFORZANDO LOS ARGUMENTOS.
1. Profundización: El Fracaso del Gradualismo Postgomecista (1935-1945)
El postgomecismo demostró que el gradualismo político es un juego de alto riesgo: si las reformas no avanzan al ritmo de las demandas sociales, el sistema colapsa. Tras la muerte de Juan Vicente Gómez en 1935, el general Eleazar López Contreras asumió el poder con una estrategia de apertura controlada (el Programa de Febrero de 1936). Su objetivo era modernizar el Estado e introducir libertades civiles e institucionales, pero manteniendo un estricto control sobre quiénes participaban y cómo. Su sucesor, el general Isaías Medina Angarita (1941-1945), profundizó notablemente estas libertades: legalizó a los partidos de oposición (incluyendo a Acción Democrática y al Partido Comunista), permitió la libertad de prensa y promovió reformas económicas progresistas como la Ley de Hidrocarburos de 1943.
Sin embargo, el medinismo cometió un error de cálculo fatal al encasquillarse en el método de elección. El presidente de la República seguía siendo elegido de forma indirecta por un Congreso mayoritariamente oficialista. La élite militar-andina del régimen se resistía persistentemente a otorgar el voto universal, directo y secreto para la elección presidencial, argumentando que el pueblo venezolano "no estaba listo" o que se requería una maduración política previa. Este taponamiento institucional cerró la vía pacífica para el relevo del poder. La contradicción de vivir en un país con plenas libertades públicas pero sin derechos políticos plenos llevó a Acción Democrática a aliarse con un sector de militares descontentos (la Unión Militar Patriótica). El resultado fue el golpe de Estado del 18 de octubre de 1945, un quiebre violento que barrió con el medinismo y demostró que la dilación de los derechos políticos termina por devorarse a los propios reformistas.
2. Profundización: El Espejismo de la Transición y el Canibalismo Político en Rusia y Nicaragua
El temor a una transición fallida encuentra sus espejos más oscuros en los procesos de Rusia y Nicaragua, donde la apertura democrática inicial no degeneró en libertad, sino en regímenes autoritarios mucho más sofisticados y feroces.
El caso de Rusia (La década de 1990 y el ascenso de Putin): Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, el gobierno de Borís Yeltsin intentó una transición simultánea hacia la democracia civil y el capitalismo de libre mercado. Sin embargo, la implementación de la "terapia de choque" económica destruyó el aparato social y propició el nacimiento de una oligarquía rapaz que saqueó los bienes del Estado. Esta combinación de caos económico, debilidad institucional y humillación geopolítica generó un profundo resentimiento en la población. El "canibalismo político" de las élites noventeras pavimentó el camino para que en el año 2000 emergiera Vladímir Putin, un exagente de la KGB que prometió orden y estabilidad. Bajo su mando, Rusia devoró sus incipientes libertades públicas, centralizó el poder en el Kremlin y mutó hacia un autocracia nacionalista que persigue ferozmente cualquier disidencia.
El caso de Nicaragua (De la revolución al sultanato dinástico): Tras la caída de la dictadura de Somoza en 1979, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) instauró un gobierno revolucionario que luego dio paso a una transición democrática formal en 1990, cuando Violeta Barrios de Chamorro derrotó a Daniel Ortega en las urnas. Durante casi 16 años, Nicaragua experimentó una frágil institucionalidad democrática. No obstante, las pugnas, la corrupción de los partidos tradicionales y los pactos de conveniencia (como el famoso "Pacto del año 2000" entre el expresidente Arnoldo Alemán y Daniel Ortega) debilitaron las bases del Estado de derecho. Al regresar al poder en 2007 por la vía electoral, Ortega desmanteló progresivamente los contrapesos democráticos, cooptó los poderes del Estado y el estamento militar, y terminó por instaurar una dictadura familiar e hiperrepresiva. El retroceso nicaragüense demuestra que una transición no blindada institucionalmente es vulnerable a ser devorada por el liderazgo mesiánico.
Ambos análisis refuerzan tu tesis central: las transiciones no son automáticas ni garantizan la libertad por el simple hecho de iniciarse. El gradualismo timorato puede provocar una ruptura violenta (como en 1945), mientras que una transición institucionalmente débil o caótica puede dar paso a una regresión autoritaria irreversible (como en Rusia y Nicaragua).
Luis Eduardo Llanos Cabeza
Autor y prosumidor cultural.
Nota del autor del blog: Mi idea es educar y educarme en historia política para un mundo mejor. No quiero demostrar nada, no demuestro facilidad literaria, ni un intelecto madurado. Lo digo porque he visto políticos y explicadores políticos con los egos exacerbados creyéndose dueños de la razón y la verdad.



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