COLORES
El Silencio es objeto de una restauración a fondo que abarcará muchos aspectos, comprendidos entre ellos las instalaciones y la pintura. Es un trabajo que en lo exterior parece muy cuidadoso y merecido para una obra formidable que, con sus corredores, jardines internos y gran plaza común, aportó a la ciudad un grato ambiente urbano confortable y similar al de algunos sitios de Europa. Al mismo tiempo valorizó las características de ciertas poblaciones del interior y todo se construyó con materiales modestos. Celebro la restauración en marcha y creo que el color durazno seleccionado conferirá calidez al ambiente. No me preocupa que sea diferente a la combinación original; por el contrario, me pregunto que hubiera podido hacer Villanueva con los pigmentos y materiales actuales en lugar de estar limitado por la escasez de la Segunda Guerra Mundial. La biblioteca de la UCV y los cubos de Montreal son muestras de su gusto por el color.
En el Silencio, su posición céntrica y su reconocido atractivo crean un exceso de visitantes que generan comercios de poca calidad. Pulula una multitud de vendedores informales productores de suciedad, descuido y deterioro. Como lo mismo ocurre en los bulevares de Catia y de Sabana Grande, son frecuentes las críticas severas y las frases lapidarias como: “En esta ciudad ya no se puede vivir”. Además de ser barata e inútil, esta actitud da la razón a quienes piensan que el lindero entre críticos y parásitos es tenue e impreciso, porque actúan solo cuando se intenta variar lo existente y siempre eluden la responsabilidad de proponer. Del Silencio se puede decir que el exceso de personas y la mala calidad del comercio generado por la congestión, son problemas trascendentes, pero son de poca importancia ante la carencia de más ambientes agradables y confortables en Caracas. Si de verdad se apreciara esta magnífica obra de Carlos Raúl Villanueva, habríamos desarrollado ordenanzas de rezonificación para estimular calidad en el diseño urbano, en lugar del mal uso de los retiros de frente en Las Mercedes o la acumulación en Campo Alegre de lujosos edificios, aislados y disfrazados de quinticas. Ambos esperpentos son la antítesis de El Silencio.
No sorprende la renuencia de los propietarios de los inmuebles a asumir el costo del mantenimiento que pauta la Ley de Propiedad Horizontal. Algún día se entenderá que cuando los gobiernos toman a su cargo esos costos, toda la colectividad nacional subsidia a quienes ocupan este sitio privilegiado. De seguir así vamos camino de convertirnos en una sociedad de pedigüeños.
Tuve el privilegio de ser alumno de Villanueva al inicio y al final de mis estudios y antes de eso, siendo niño, muchas veces al salir del colegio jugaba en su primera casa de Los Jabillos. De esos años siempre conservo la impresión de que era más serio, cuanto másparecía que hablaba en broma. Lo recuerdo con afecto y no es este sentimiento la causa de mi admiración por El Silencio ni tampoco impide que del 23 de Enero me desagraden los enormes edificios dispersos, sus calles sin ambiente urbano y la falta de una identidad central.
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