domingo, 27 de septiembre de 2026

Apuntes Urbanos con IA

 LA UNIVERSIDAD ¿SABEMOS PARA QUE SE USA?

Fíjense en este dato: para escribir su célebre novela Lope de Aguirre, Príncipe de la Libertad, Miguel Otero Silva tuvo que documentarse minuciosamente, leyendo alrededor de 300 libros que abordaban de forma directa o indirecta al personaje. No conforme con ello, entrevistó a los más destacados expertos e historiadores de la época. Por supuesto, Otero Silva gozaba de un privilegio único: era el dueño del diario El Nacional, un hombre de una dilatada vida pública, con los recursos económicos y el tiempo necesarios para emprender semejante titánica tarea.

Yo, en cambio, escribo desde mi real saber y entender. Traigo esto a colación porque un personaje oriundo de Mendoza, Argentina, me increpó recientemente en redes diciendo que yo no sabía lo que escribía, argumentando despectivamente que provengo de «un país atrasado como Venezuela». Mi respuesta fue sencilla; le pregunté si alguna vez había detallado un mapa de Sudamérica. Si uno ubica geográficamente a Mendoza y luego a Maracay, la realidad salta a la vista: Mendoza se encuentra, geográficamente hablando, en los confines del continente, mientras que Maracay se ubica prácticamente en el centro del norte geopolítico de la región. Históricamente, ¿dónde creen que han encallado primero la información, las tendencias y el conocimiento actualizado? La respuesta es obvia.

Entrando en materia, y como solemos decir coloquialmente, al pedo: tengo 40 años leyendo un promedio de 25 libros anuales (al menos esa es mi estimación). Entre esa vasta cantidad de lecturas, topé con una obra imprescindible del doctor Orlando Albornoz, una de las mentes más brillantes en el análisis de la educación superior: La Universidad Latinoamericana entre Davos y Porto Alegre. Entre tantas páginas colmadas de críticas constructivas, planteamientos teóricos, historias y anécdotas, el autor arroja una conclusión que yo interpreto de la siguiente manera: la universidad debe ser una fábrica de conocimientos útiles para la sociedad. No puede convertirse en una plataforma política, un circo de egos, un mero trampolín de movilidad social o una agencia de empleos burocráticos. Por ahí van los tiros.

Bajo mi propia óptica, considero que además de ser un centro de producción científica útil, la universidad no debería llevar ninguna adjetivación. El concepto de «Universidad» (que proviene de universitas, universalidad) se desvirtúa cuando se le etiqueta como Universidad Católica, Hebrea, Bolivariana o Socialista. Lo mismo ocurre cuando se la bautiza con nombres de figuras ideológicas extremas o doctrinales, ya sea Patricio Lumumba o Adam Smith. Al encasillarla bajo un dogma o una corriente específica, sabemos de antemano que se castra la universalidad del pensamiento, la cual constituye la esencia misma de la academia y, por extensión, de las Repúblicas democráticas.

Sin embargo, la realidad nos golpea el rostro: todos sabemos que nuestras universidades distan mucho de este ideal. Aunque no provengo del mundo universitario tradicional, soy un observador agudo de su entorno. Es evidente la alarmante deficiencia en el rigor de las tesis de grado; la investigación científica de alto impacto brilla por su ausencia, las bibliotecas lucen desactualizadas y los laboratorios se encuentran en un estado de obsolescencia técnica total.

La máxima de que «el conocimiento es poder» puede sonar a lugar común, pero las estadísticas lo confirman de manera implacable. De las 275.000 investigaciones útiles que se producen anualmente en el mundo, más de 185.000 pertenecen al bloque anglosajón. ¿Eso nos dice algo sobre la hegemonía global? Mientras tanto, Venezuela —incluso en sus épocas de mayor esplendor y bonanza presupuestaria— apenas lograba registrar 96 investigaciones al año. Las cifras hablan por sí solas.

Incluso áreas medulares para nuestro desarrollo, como las investigaciones agropecuarias y petroleras —que representan nuestra historia viva y nuestro sustento— quedaron severamente impactadas. Esto es el resultado directo de la mala gestión institucional y de las deficiencias existenciales de ciertos personajes históricos que dirigieron las riendas de la universidad venezolana, priorizando el dogma sobre la ciencia.

Luis Eduardo Llanos Cabeza

Autor y prosumidor cultural

Nota final: Es un tema duro, complejo y espinoso, pero es una realidad nacional a la que hay que plantarle cara con urgencia.

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