viernes, 26 de junio de 2026

Artículo de Ramón J. Velázquez

 Nuestro deber

Ramón J. Velásquez

El verdadero deber de nuestra generación —ha dicho un compañero— es definirnos. En verdad, si queremos alcanzar el plano superior de las organizaciones avanzadas debemos precisar con exactitud los principios en que queremos fundar nuestra marcha evolutiva y ampliar los caminos que vamos a seguir en la consecución de nuestra anhelada personalidad como naciones.

Los que actuaron en los diversos sectores de la actividad humana, antes que nosotros, no pudieron, porque ni el medio ni las circunstancias lo permitían, establecer las líneas precisas de la marcha futura.

Épocas bien distintas fueron las pasadas, sin un intercambio verdadero entre las diversas regiones de nuestros países, sin el conocimiento exacto de los sucesos trascendentales del extranjero, mirando pasar la vida con sus épocas llenas de bonanza, sin tener la preocupación de los serios problemas que a cada momento se presentan en nuestro tiempo.

Era la tranquilidad infecunda de los pueblos para quienes el progreso no es fuente de vida ni de nuevas energías.

Nuestras cabezas dirigentes muy hechas al molde, a los caminos gastados, no se preocupaban por lo nuevo, por lo de afuera, se marchaba al compás de lo pautado sin anhelos algunos de renovación. Eso en todos los órdenes, hasta en el literario. Cuenta Sanín Cano en una entrevista que, cuando escribió sobre el genial Peter Altemberg, en las tertulias íntimas de los hombres sapientes de la capital colombiana declararon que el tal señor Peter no era sino una invención de Cano para tomarles el pelo a los literatos de Bogotá. Otro día habló de Max Nordau. Desde entonces quedó consagrado como hombre que hablaba cosas extrañas.

Y así en todo, la clasificación de hombre raro, de semiloco, la obtenían todos aquellos que por estas tierras intentaran algo nuevo, algo que fuera contra la rutina imperante.

Pero hoy, ante la faz que presenta el mundo, ha sido de imperiosa necesidad volver las caras, dar frente con nuestras energías de pueblos.

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nuevos a fin de no dejar que los acontecimientos avancen y que la for-mación de nuestra personalidad quede como un problema secundario, como una cosa por añadidura.

Los que sí han comprendido este importante momento de nuestra vida, como pueblos, observando las distintas cuestiones que toda sociedad bien organizada debe resolver, han presentado ante el conglomerado consciente los problemas que a los conjuntos autónomos les corresponde.

Pero esta labor de conocimientos ante todo es instructiva. Se ha creído que muchos de los problemas que a primera vista, ante la observación rápida, se ven como de fácil solución, se pueden resolver sin ninguna dificultad. Esta labor de perfeccionamiento amerita no meses, no empuje momentáneo, sino la lucha larga pero constante de la totalidad de los habitantes del país.

Dominemos nuestro Orinoco, decimos. Hasta cuándo esa fuente de vida perdiéndose. Pero los trabajos de su canalización ¡cuánto cuestan! 

La habilitación de su curso, el saneamiento de sus márgenes, ¡qué capital no implican!

Los miles de kilómetros de nuestros llanos no serán tan fácilmente conquistados. Para principiar su dominación es necesario evitar las desastrosas inundaciones de sus ríos. Es decir, hay necesidad de canalizar. 

Los problemas sucesivos de saneamiento y población implican a su vez un largo proceso.

Al hablar de nuestras fuentes de economía y de la organización de nuestra hacienda, pedimos a gritos misiones extranjeras. Creemos en ellas como en algo providencial, algo único. Sin embargo, los hechos dicen más que las palabras y las veces que la célebre misión Kemmerer ha venido por estas tierras del trópico, el fracaso más completo la ha acompañado.

Esa labor de formar nacionalidad es larga si es sincera. Debemos ante todo, antes de principiar la realización de nuestros proyectos, ejecutar lo esencial y único: definirnos.

El Nacional, 21 de junio de 1963

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