miércoles, 10 de junio de 2026

Artículo de prensa sobre Rómulo Gallegos

Rómulo Gallegos 

y el Premio Nobel

Enriqueta Arvelo Larriva

Cuando tratamos de conseguir algo que no deja duda respecto a que  constituye un hecho justo, no puede la falta de éxito en las primeras gestiones matarnos el impulso. Si estamos convencidos del acierto y justicia que entraña el caso, es natural seguir actuando en tal sentido hasta ver realizado el propósito. Y como estamos plenamente convencidos todos los que aspiramos al Premio Nobel para Rómulo Gallegos de que se trata de algo justísimo, no nos causa pesadez alguna sino, por el contrario, nos resulta labor fácil y grata insistir en llevar su nombre y su obra ante la Academia Sueca para que, en la próxima ocasión de adjudicar el interesante premio, se torne presente tan resaltante y sostenida candidatura. 

Pienso que esta vez no tenemos necesidad de hacer el repaso de las condiciones excepcionales del escritor y del hombre que ha sido presentado por vastos sectores de América como auténtico merecedor del Premio Nobel. Es imposible que esas condiciones sean ignoradas hoy en el espacio universal de la cultura, pero es posible que ellas no se valoren equitativamente habiendo sido señaladas, no solo por los que tributamos al maestro una admiración únicamente emotiva por falta de dominio de una abarcadora y profunda pericia, sino por las conscientes entidades ampliamente autorizadas para hacer tal señalamiento. 

Por tanto, va la labor simplificada. Ya solo tenemos que llevar nuestra insistencia, respetuosa y esperanzada, ante los que han de dar esta vez el fallo que colme nuestra justa aspiración de que el galardón máximo luzca sobre los múltiples galardones ya obtenidos por el insigne escritor, hombre de alta y recta conducta. 

Aún más, a la presentación anterior hecha con la finalidad tan digna de aprobación y aplauso hay que añadir en esta oportunidad las últimas demostraciones del ilustre presentado. Porque hay que tener en cuenta la excelente actuación que, después de finalizado el ostracismo en el que vivió tan dignamente, es gala del cotidiano y preocupado quehacer de Rómulo Gallegos. 

Desaparecido el régimen que lo mantuvo sin ver a su país y sin que se pudiese exaltar su nombre en su tierra de origen con toda libertad y entusiasta comento, el maestro ha podido —y tenía derecho a ello— volver a Venezuela a buscar compensaciones de todo orden y alzar orgulloso su airoso penacho de triunfo frente al conglomerado encendido de admiración y afecto. Pero este magnífico ejemplar humano insinúa su presencia en su suelo con la más inequívoca modestia; como si él hubiese sido uno cualquiera de los millares de exiliados; como si no llevase en sí la tremenda riqueza de su preciada significación; y, sin pesar ni remordimiento en ser director «legalizado» de nuestra vida nacional, se constituye en centinela moral de nuestro devenir ciudadano y no pierde ocasión de dar a su pueblo —sin el menor empacho— la oportuna lección de civismo y cultura que emana de él no como un enrevesado torrente, sino como un hilo fresco y bien llegado de clarísima agua.

Repasando la conducta de Gallegos después de su retorno al país, encuentro en ella sencillez casi campesina, gallarda valentía, limpio renunciamiento, nacida sabiduría pasada por crisol, acendrado amor patriótico y absoluta falta de complejo de resentido.

Ya saben, pues, en Estocolmo, que nuestro candidato al Premio Nobel, lejos de dejar decaer sus atributos, está hoy realzado por nuevas y brillantes actuaciones, cultas y humanas, nobles rasgos de su singular naturaleza.

El Nacional, 31 de enero de 1960.


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